“69 Love Songs”, el derroche de amor de The Magnetic Fields

17 Feb

Que veinte años no son nada cuando tratamos de obras de la dimensión de esta a la que el tiempo parece afectar de manera diferente al resto. Grabado y lanzado en EEUU en 1999 y editado en Europa al año siguiente, este mayúsculo recetario de píldoras para el amor y el desamor cumple veinte años con el vigor tan intacto como el poder excitante que contagió desde sus primeras escuchas.

Concebido inicialmente por el genio irrefrenable de Stephin Merritt como una colección de cien canciones con las que “presentarse al mundo”, mayoritariamente escritas en clubes y bares de su Nueva York natal, se verían reducidas a sesenta y nueve antes de ser publicadas en un triple volumen de veintitrés cortes cada uno. Para interpretarlo con su habitual amalgama de instrumentos exóticos (ukelele, harpa, xilófono, ocarina…) y también con las guitarras, sintetizadores y demás instrumentos más tradicionales, se acompañó como otras veces por Claudia Gonson, John Woo y Sam Davol además de contar con otras muchas colaboraciones tanto instrumentales como vocales. Al abrir el libreto que acompaña a los cedés uno descubre una página completa enumerando los instrumentos que tocó el propio Merritt y se multiplica la admiración hacia su talento.

Sería el sexto disco de la banda radicada en Boston, editado cuatro años después del fantástico “Get Lost”, y sin duda el más ambicioso y arriesgado. En él combinaban ejemplarmente la tradición pop con el aroma del folk y las aportaciones de una electrónica sencilla, creando melodías brillantes y sofisticadas que conservan un sabor clásico. Y todo esto presentado en una cantidad inédita que requería de una enorme exigencia creativa, algo al alcance de pocos.

Además de la característica voz de barítono de Merritt, el protagonismo vocal lo copmpartían LD Beghtol, Claudia Gonson, Dudley Klute y Shirley Simms, y el instrumental la mencionada retahíla de instrumentos, que aportaban originalidad y un matiz lúdico y experimental que enriquecía sin duda el resultado. Como nombrar todas las canciones sería demasiado extenso, citaré algunas de cada volumen no sin antes recalcar que en este disco se encuentra una de las mayores concentraciones de canciones valiosas que uno puede recordar.

Así el primero contiene maravillas folk como All My Little Words, piezas electrónicas que no pierden la sencillez ni el clasicismo como Parades Go By y otras de pop irónico y añejo como Let’s Pretend We´re Bunny Rabbits o I Think I Need a New Heart, junto con ejemplos más íntimos y desnudos como The Cactus Where Your Heart Should Be o The One You Really Love y otros de triste belleza como The Book Of Love o de romanticismo mayúsculo como Nothing Matters When We’re Dancing.

En el segundo encontramos maravillas cosmopolitas como Grand Canyon junto a bellezas clásicas al piano como Very Funny, minimalismo electrónico en If You Don’t Cry, ritmos africanos como los de World Love, el sabor de la tradición en Kiss Me Like You Mean It, de la lentitud pop en Papa Was a Rodeo o de la ligereza también tradicional y luminosa de The Sun Goes Down and The World Goes Dancing.

El volumen tercero se abre con el rock sencillo de Underwear y la belleza del tecno simple de It’s a Crime. Luego originales líneas de bajo y sintetizadores elevan The Death Of Ferdinand De Saussure así como la sencillez que aportan las guitarras profundas de la enorme Yeah! Oh, Yeah!, además de incluir piezas íntimas como Queen Of the Savages junto a otras más contundentes como Meaningless o ritmos poperos como How To Say Good Bye y tradicionales sencillos como el punto final de Zebra.

Una obra en la que cabe lo mejor del pop clásico y del moderno junto a la música tradicional norteamericana, todo ello interpretado con elegancia y cuidado en un viaje que por momentos alcanza la excelencia melódica.

En un esfuerzo que se supone ímprovo, y más para una persona como Merritt que a menudo rehúye la exposición de los medios o de los directos, la banda interpretó el álbum completo en siete conciertos (cinco en EEUU y dos en Londres) divididos en dos jornadas cada uno, en lo que tuvo que ser una experiencia única de originalidad instrumental.

Una hazaña compositiva y de interpretación por tanto la que supuso este disco, hazaña a la que Merritt se aproximaría en 2017 cuando grabó cincuenta canciones para celebrar su cincuenta cumpleaños en un recorrido vital que reunió en el también genial “50 Song Memoir”, con el que volvía a demostrar un talento ágil y una sensibilidad única que parecen inagotables. Un reto enorme del que salió más que airoso y que sigue suponiendo uno de los mayores y más brillantes ejercicios de creatividad que le han sucedido al pop independiente en las últimas décadas.

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