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Ryan Adams y su complicada relación con el amor


21 Ene

En estas semanas Ryan Adams ha anunciado que en 2019 publicará tres discos, recordando su 2005 con Cold Roses, Jacksonville City Nights 29. Son esos años en los que Ryan Adams se convertirá en uno de los máximos iconos del “Americana”, esa mezcla del Folk y el Country que marcaría buena parte de la primera década del siglo XXI. Adams, del que en Los Restos del Concierto somos muy seguidores, no paraba de publicar discos y de ir atesorando una discografía extensa y prolífica, irregular aunque con mejores momentos que peores. El disco que nos ocupa lo publicó en 2004 y estaba previsto inicialmente como dos EPs bajo el título de Love Is Hell, pero cosas de la discográfica se convirtió en un extenso largo de dieciséis canciones, yo tengo por aquí el primero que publicó en 2003 y luego ya pasó directamente al largo. Adams venía de un disco controvertido, el Rock N Roll (2003) donde se ponía muy guitarrero y se dejaba imbuir por sonidos dominantes en aquellos años, recordemos que Adams era buen amigo de los integrantes de The Strokes, y dejaba un poco de lado el intimismo y el pulso acústico, más presentes en el anterior Demolition (2002). Pues bien, Adams no tardaría muchos meses en dar salida a su Love Is Hell, recogiendo los dos EPs publicados prácticamente a la par que Rock N Roll, y el título lo dice todo, un Adams de nuevo desmenuzando cuestiones amorosas, como ya había hecho en su debut en solitario Heartbreaker (2000) y repetiría en su último trabajo hasta la fecha, el destacado Prisoner (2017) sobre su divorcio.

En Love Is Hell encontramos a un Ryan Adams melancólico y nostálgico, confirmando que estaba más cerca de Springsteen que de Dylan, y con sonidos en algunos momentos que hoy nos recuerdan a The War On Drugs, como en su anterior trabajo precisamente. Adams demuestra su capacidad aunque no es menos cierto que el disco se hace largo. Hay de todo pero priman las canciones de corte intimista y acústicas, pero también algunos medios tiempos ascendentes que están entre lo mejor de su discografía. El primer corte, “Political Scientist” es un tema que marca el tempo del disco, una canción in crescendo pero con bastante carga dramática. “Afraid Not Scared” es más acústica y del “Americana” aunque no deja la intensidad y la forma dramática al cantar. En “This House Is Not For Sale” acelera a través de una combinación de eléctricas y acústicas que funcionan. Y recupera del Rock N Roll la brutal “Anybody Wanna Take Me Home”, mi canción favorita de Adams, que la alarga y en la que prima la nostalgia con una letra maravillosa, sin olvidar la melodía del comienzo. En “Love Is Hell” hay un mayor peso para las guitarras eléctricas y tiene un punto al Springsteen de los ochenta, siendo una de las mejores canciones del disco, mientras que sorprende con una versión intimista de “Wonderwall” de Oasis, fraseando al comienzo incluso, desnudándola casi por completo.

No funciona tan bien “The Shadowlands”, a pesar de su tono atmósferico y su melancolía, aunque recupera el pulso con “World War” en la que vuelve a los sonidos del “Americana”. En “Avalanche” introduce al comienzo el piano y luego le mete una mayor intensidad pero en “My Blue Manhattan” no alcanza ese nivel, canta en falsete, y es una canción que se le queda un tanto coja, pecando incluso de una cierta grandilocuencia. “Please Don Not Let Me Go” es de nuevo muy del “Americana”, sonido más acústico, por momentos parece querer seguir la estela de Nick Drake, y toques Country en la guitarra. En “City Rain, City Streets” vuelve a presentar una canción muy menor, es un sonido de nuevo como ochentero pero mezcla numerosos elementos que no acaban de funcionar. En “I See Monsters” regresa al minimalismo y se apoya en una sutil sección de viento aunque no es una canción que tampoco cale. Pero, a pesar de un final un tanto fallido o menos inspirado, hay tiempo para otra joya como “English Girls Aproximately”, el toque Country – Folk para una canción redonda que te deja huella, con Marianne Faithfull a los coros. El cierre es para “Thank You Louise”, de nuevo muy acústica e intimista, y para “Hotel Chelsea Nights” en la que tienen más presencia las guitarras eléctricas, una canción que también tiene un punto experimental.

Sin darnos cuenta, Ryan Adams nos había conquistado otra vez con uno de sus discos más tristes (y tiene unos cuantos). Han pasado quince años de este Love Is Hell y sí que se puede observar que, en su conjunto, le sobran algunas canciones como hemos señalado, pero es un trabajo notable con grandes momentos que se disfrutan. Ahora esperamos los tres discos de este año que nos ha prometido Ryan Adams.

 

“Monster” o la reivindicación de un buen disco de REM


11 Ene

Septiembre de 1994 y REM, una de las bandas más grandes del momento, publican su noveno disco de estudio, Monster, un trabajo que había levantado una gran expectación tras Out of Time (1991) y, especialmente, el clásico Automatic for the People (1992). Pero había más, en esos dos años el Grunge había arrasado, Nirvana había roto moldes y Kurt Cobain se había suicidado. Y todo el dos años. Las guitarras habían logrado un nuevo protagonismo pero eso ya lo habían hecho REM en los ochenta, en su primera etapa en I.R.S. Records y en aquellos cinco discos también impresionantes. Luego, derivaron en temas más melódicos, en medios tiempos brillantes y angustiosos, que les llevaron a una popularidad inusitada. Pero volvamos a Monster, y es que Stipe, Buck, Mills y Berry tenían el listón muy alto, altísimo. La banda siguió trabajando con el productor Scott Litt y decidieron meter más guitarras, ¿adaptación a los tiempos o una mirada atrás?, las dos cosas seguramente. Lo cierto es que Monster tuvo una buena acogida pero, con los años, no ha sido precisamente el disco más valorado de los de Athens, siendo incluso catalogado como una obra menor. Vale que no tenía todos los singles del Automatic for the People o que algunas canciones son más oscuras, pero escuchando Monster veinticinco años después, y lo llevo haciendo en estas dos décadas y media, creo que es un trabajo que no ha perdido vigencia y que es reivindicable. Por cierto, que Monster fue número 1 en Estados Unidos y en otros países, vendiendo millones de copias.

Ya era un disco que convencía desde la portada pero si comenzabas con una canción como “What’s the Frequency, Kenneth?” pues te tenían ganado. Es una de las grandes canciones de la banda, un tema donde las guitarras toman el protagonismo, con esa guitarra de Buck omnipresente en toda la canción, aunque también tiene un punto melódico. El segundo corte del disco es la oscura y adictiva “Crush with Eyeliner”, con un punto perturbador por la forma de cantar de Stipe y la producción, y con la participación a las guitarras de todo un Thurston Moore (Sonic Youth). En “King of Comedy” se adelantan a otros tiempos, con un sonido más electrónico, aunque luego se derivan hacia ritmos más melódicos. Y en “I Don’t Sleep, I Dream” parecen derivarse hacia los sonidos de su disco anterior, aunque matizado, con un Stipe cantando en falsete en parte del tema, y no será la primera vez en Monster.

“Star 69” es más guitarrera, tiene un punto Punk muy claro y funciona a la perfección, con Berry golpeando con fuerza a la batería. Cambian de tercio con “Strange Currencies”, un delicioso medio tiempo que podría haber entrado perfectamente en el Automatic for the People, una canción en la que por momentos Stipe frasea y en el que se acercan a su lado más épico. “Tongue” es una canción diferente, es de las más flojas del disco, con Stipe en modo falsete y con el órgano tomando el protagonismo del tema. Por su parte, “Bang and Blame” es una de las canciones más reconocibles del disco, un medio tiempo muy atractivo que crece en intensidad y en el que las guitarras van cogiendo fuerza a medida que avanza el tema.

El tramo final no carece de interés, al contrario, comenzando con la fascinante “I Took Your Name”, uno de mis favoritos de nuevo con las guitarras protagonizando la canción. “Let Me In” es la emotiva dedicatoria de Stipe a Kurt Cobain, escrita tras el suicidio del segundo y su letra viene a ser un Stipe hablando por teléfono con Cobain para evitar esa trágica decisión, por cierto que REM eran una de las bandas favoritas de Cobain. Una canción muy minimalista en la que Mills coge la guitarra aunque queda en el fondo destacando siempre la voz y la emotividad de Stipe. “Circus Envy” es muy cañera de nuevo, más oscura y distorsionada, y el cierre es para una menor “You”, un tema más experimental en el que Stipe recupera el falsete.

Como decíamos, REM fueron número 1 y Monster vendió millones de discos, pero las expectativas de su discográfica eran más elevadas. Además, la gira posterior tuvo incidentes graves para la banda, el más grave el aneurisma cerebral que sufrió el batería Bill Berry, recordemos que dejó la banda en 1997. Fue también un punto de inflexión cuesta abajo para los de Georgia porque no alcanzarían esas cifras de ventas nunca más e incluso su siguiente disco, que no toca en estos momentos, New Adventures in Hi-Fi (1996), fue saludado como una vuelta a los tiempos del Automatic for the People, pero esa es otra historia. Es el momento de seguir recordando un Monster que, si bien no es uno de los clásicos de REM, merece un mayor reconocimiento.

“Kingdom of Rust”, el largo hasta luego de Doves


07 Ene

Se cumplen diez años del lanzamiento del último disco de estudio de Doves (veinte desde su debut con el EP “Cedar”) y prólogo del receso que el trío formado por los gemelos Andy y Jez Williams junto a Jimi Goodwin parecen haber por fin definido en las postrimerías de este 2018. Fue en 2010 cuando anunciaron este receso aprovechando la presentación de su recopilatorio-despedida, un silencio ininterrumpido hasta el pasado 3 de diciembre cuando anunciaron una próxima reunión con el fin de recaudar fondos contra el cáncer infantil el próximo 29 de marzo en el Royal Albert Hall de Londres. Poco después Noel Gallagher con sus High Flying Birds se subía al carro y los anunciaba como teloneros de sus fechas en Dublín y Manchester el próximo junio iniciando una serie de citas que esperamos se vayan confirmando próximamente.

De momento nada se sabe sobre un posible sucesor del “Kingdom of Rust” que nos ocupa, pero las noticias se van acumulando así como las imágenes de los actuales ensayos de la banda con vistas a sus conciertos de reunión. Entretanto, durante estos diez años dos han sido los acontecimientos principales para sus seguidores: por un lado el debut en solitario de Goodwin con “Odludek” y por otro el de los gemelos Williams con su disco homónimo como Black Rivers, en ambos casos sin alcanzar demasiada relevancia y que no han hecho sino aumentar las expectativas ante un posible y más provechos reencuentro de los miembros de la banda de Manchester. Porque fue un extraordinario sabor de boca el que dejaron cuando hace una década lanzaban este último trabajo que, al igual que los tres anteriores, rayaba a un altísimo nivel; es por eso que ha causado especial rabia a sus seguidores este prolongado período en blanco de una banda que seguía mostrándose en plena efervescencia y sin síntomas de agotamiento creativo.

Pero nos centramos en el magnífico “Kingdom of Rust” para el que se acompañaron en la producción por el habitual Dan Austin (productor entre otros de sus amigos Cherry Ghost) y puntualmente del prestigioso John Leckie (The Stone Roses, Radiohead) además de su inseparable Martin Rebelski a los teclados, considerado un cuarto miembro en la sombra. Y básicamente esta fue la formación que dio a luz estas once canciones presentadas el 30 de marzo de 2009 con un sencillo homónimo que inicialmente sorprendía por sus reminiscencias folk y en el que seguían mimando las guitarras además junto a la sección de cuerdas y los teclados en la pieza más acústica del disco. Previamente abría el listado con contundencia electrónica, además de color guitarrero, Jetstream, ambas con pasajes de la intensidad que con tanta inteligencia dominaban.

El álbum continuaba protagonizado por las guitarras en The Outsiders y Winter Hill, con mayor dureza la primera y más clásica y pausada la segunda, ambas con inevitable pero discreta presencia electrónica. A continuación, y con los arreglos de Tom Rowlands de The Chemical Brothers, 10:03 evidenciaba su lado electrónico con dureza antes de quebrar las emociones con The Greatest Denier, cálida de inicio hasta el agresivo estribillo. La relajada Birds Flew Backwards daba paso a una cuidada combinación de guitarras en Spellbound, de destacado final, y la alternativa más rítmica marcada por el bajo en compañía de las guitarras evocadoras de Compulsion. El cierre lo echaban las magistrales House of Mirrors, muestra de rock compacto e intenso, y el pop de alta escuela, ancho y fluido, de Lifelines.

Un discazo que agrandaba su impoluta carrera y les confirmaba como una de las mejores bandas y con mayor coherencia de la primera hornada mancuniana del XXI y por extensión de una escena británica aún marcada por los profundos rasgos del Brit-Pop. Si bien nunca fueron muy prolíficos ni llegaron a alcanzar la relevancia de otras bandas de su generación (especialmente fuera de las islas), nadie preveía entonces la pausa que meses después anunciarían y que se ha extendido por diez años de absoluto silencio. De cualquier manera nos quedamos con la posibilidad recientemente asomada de volver a disfrutarlos en directo y con la duda sobre sus intenciones de cara a una continuidad que sigue congelada en este Lifelines, maravilloso epílogo con el que despedían su último disco.