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«Dog Man Star» o cómo Suede demostraron que iban en serio


15 May

Cuando todavía el BritPop ni estaba y casi ni se le esperaba, en aquel lejano ya 1992, una banda irrumpía en el panorama británico: Suede. Su debut con un disco de título homónimo desempolvaba el sonido más Glam de un David Bowie renacido en la figura de Brett Anderson. Hace unos meses, Anderson publicó sus recomendables memorias hasta el momento en el que Suede comienzan a asomar hacia el estrellato, fue en Mañanas negras como el carbón (Contra) y que aquí ya reseñamos. Suede también publicaron un discazo en 2018, The Blue Houry los veremos en el BBK Live en el próximo mes de julio. Pero nos toca regresar al pasado y, de nuevo, a un 1994 excelso, cuando Suede tardaron un año y medio en demostrar que su debut no había sido una casualidad sino que había madera de una banda clásica. Pero, a su vez, era el final de la primera etapa de Suede, que también comentamos en Los Restos del Concierto, ya que en 1995 Bernard Butler, la otra mitad compositiva de Suede junto a Anderson, dejaría la formación por diferencias con el propio Anderson. En 1994, el BritPop ya estaba emergiendo, Blur y Pulp eran una realidad, Oasis irrumpirían y los Elastica de Justine Frischmann (ex novia e ex integrante de Suede) ya rodaban. Por su parte, Anderson y Butler, junto a la base rítmica formada por Mat Osman a bajo y por Simon Gilbert a la batería, apostarían por una línea continuista, con ese sonido Glam y con esas reminiscencias vinculadas al Art Rock, y es que las pretensiones artísticas de Anderson venían de lejos. igualmente, Ed Buller repetiría en la producción. Y les salió un disco tremendo, otro clásico firmado conjuntamente con Anderson y Butler, otra pareja de banda británica como tantas otras y con las mismas tensiones (¿verdad Morrissey – Johnny Marr?), que dejaría unos cuantos singles de gran calado.

Para comenzar, una teatral «Introducing the Band» con un sonido asfixiante que daría paso a la descomunal «We Are the Pigs», donde las guitarras se imponen con fuerza y contundencia. Un single soberbio a la que le seguía «Heroine», una canción épica y nostálgica y con un Butler imponente a las guitarras. Y la épica continuaba con «The Wild Ones», otra de las canciones que se convertirían en clásicas en Suede, con la forma de cantar de Anderson en falsete y ese estribillo. La parte más experimental aparece con una «Daddy’s Speeding», con sección de cuerdas incluida. La huella de Bowie está más presente en una «The Power» que comienza en acústico y que también cuenta con sección de cuerdas.

La segunda parte incide en esa línea con otro de nuestros momentos favoritos de todo el disco, «New Generation», con las guitarras volviendo a ganar protagonismo y con la voz de Anderson adoptando sus tonalidades características. En «This Hollywood Life» apuesta por unas guitarras más rockeras, incluso más «sucias», que contrastan con la voz aguda de Anderson. «The 2 of Us» es una canción más intimista aunque también con el sonido épico característico, y aportando el punto más teatral con ese piano protagonista. Por su parte, «Black or Blue» sigue por el lado más teatral y afectado, es una canción casi sin instrumentación más allá de unas cuerdas de fondo, y con Anderson recurriendo de nuevo al falsete. Para el final dejan una canción como «The Asphalt World», más de nueve canciones para otra de nuestras canciones favoritas del disco, destacando la guitarra de Butler. El final es para la parte más teatral de Anderson con «Still Life», que vuelve por sus fueros y con unas cuerdas que van creciendo.

En fin, Dog Man Star es otro de los grandes discos de la primera mitad de los noventa del siglo XX. Anderson y Butler conformaban una pareja compositiva impresionante y duraron como Suede únicamente esos dos discos. Luego, Anderson supo remontar a Suede con Richard Oakes en sustitución de Butler e incorporando a Neil Codling, publicando otro disco soberbio, Coming Up (1996), aunque esa es otra historia. Suede siempre fueron por su lado, mientras que el BritPop conquistaba el mundo de la música popular los dos siguientes años e, incluso sin Butler, nunca nos han dejado indiferentes. Dog Man Star, otro gran disco de 1994, y van…

 

Wilco comienzan a cambiar de rumbo con «Summerteeth»


09 May

Cuando quedan menos de dos meses para que Wilco actúen en el Azkena (22 de junio), la banda de Jeff Tweedy sigue acumulando efemérides en su excelsa discografía y ahora le toca el turno al vigésimo aniversario del sobresaliente Summerteeth (1999). Vale, de acuerdo, la obra maestra de Wilco siempre será considerado el clásico Yankee Hotel Foxtrot (2001), todo un hito por lo que supuso en su cambio de sonido y por su calidad, pero no creo que me equivoque mucho en considerar a su tercer disco, Summerteeth, como la otra gran obra maestra de Wilco. Es un disco que supone un cambio de rumbo, un disco que va dejando en un segundo plano los sonidos más de raíces que eran predominantes en A.M. (1995) y en el sobresaliente Being There (1996), aunque aquí también había cambios, para dejar paso a sonidos más del Power Pop y del Pop (ecos de The Beatles y de referencias californianas), más psicodélicos y también comenzaban a apreciarse ciertos gustos por la experimentación. En aquellos momentos, Wilco eran un cuarteto con Tweedy a la cabeza y Jay Bennett como segunda cabeza visible, junto a John Stirratt (único integrante de Wilco junto a Tweedy desde 1994) y el batería Ken Coomer que también había estado en Uncle Tupelo. Por aquellos años, Wilco también estaban inmersos en los discos Mermaid Avenue junto a Billy Bragg, en los que pusieron música a las letras encontradas de Woody Guthrie, lo que les dio un importante reconocimiento de la crítica. Pero volvamos a Summerteeth, disco que sería compuesto mayoritariamente por Tweedy y Bennet, una relación que no acabaría precisamente bien, y que firmarían uno de los grandes discos de la banda de Chicago.

El comienzo es tan apabullante que no te deja respiro, iniciándose el disco con «Can’t Stand It», una canción que gira hacia el Power Pop y con una fuerte presencia de los teclados; siguiendo con la no menos destacada «She’s a Jar», un medio tiempo excelso, con Tweedy frasesando prácticamente al comienzo y con cuerdas y armónicas incluidas; y siguiendo con «A Shot in the Arm» que a mí me recuerda a The Beatles, de nuevo apoyándose en el piano y en las cuerdas. No dejan esa senda con «We’re Just Friends», muy orquestal, y se adentran en los efectos y algunos elementos más ruidistas, aunque no muy estridentes, en la también destacada «I’m Always in Love». Suben la apuesta, y ya estaba alta, con la brutal «Nothing’severgonnastandinginmyway (again), una de mis canciones favoritas de Wilco, en la que hacen una canción perfecta de Pop con un estribillo que se te clava. En «Pieholden Suite» rebajan el ritmo, regresan a la orquestación junto al piano como protagonista siendo una canción más compleja en la que realizan varias mezclas de estilos y acaban con unos vientos finales. «How to Fight Loneliness» es una canción preciosa, con un un gran tempo y que se ve elevada por la forma de cantar de Tweedy. Y «Via Chicago» es otra de nuestras favoritas, sutil y elegante, nostálgica y melancólica, de lo mejor que ha escrito Tweedy nunca.

«ELT» insiste en la senda del Power Pop pero con tintes más roqueros y en «My Darling» siguen jugando con los sonidos más Pop, con el piano como protagonista de nuevo y con una mayor presencia de los coros. «When You Wake Up Feeling Old» es otra de nuestras canciones favoritas del disco y de la trayectoria de Wilco, aquí se acercan más a sonidos californianos de finales de los sesenta y la sombra de Brian Wilson y sus Beach Boys está presente. «Summer Teeth» no deja el tono del disco pero es una canción que crece en complejidad y que va anticipando matices que se harán más presentes en unos pocos años en el sonido de Wilco. «In a Future Age» es una canción más intimista, con una instrumentación menor y que va in crescendo. El disco tenía tres canciones escondidas, bueno, «23 Seconds of Silence» es lo que dice el título. Por un lado, «Candyfloss» es de nuevo una canción Pop y cierran con una remezcla un tanto acelerada de «A Shot in the Arm».

Tras este disco, las tensiones en la banda se intensificaron y también hubo choque creativo entre Tweedy y Bennett, cuya deteriorada relación se reflejaba en el documental sobre la banda I’m Trying to Break Your Heart: A Film About Wilco (2002). La situación del Yankee Hotel Foxtrot, con Reprise negándose a publicarlo, tampoco contribuyó a que la situación de la banda fuese la más ideal, Coomer la dejaría en 2001 y Bennett sería expulsado en 2002, aunque los dos aparecen acreditados en el Yankee Hotel Foxtrot, Bennett incluso como integrante todavía de Wilco, aunque todas las canciones ya las firmaría Tweedy en solitario. Bennett fallecería en 2009 aunque su legado permanece en la primera etapa de Wilco. A partir de 2002, con el Yankee Hotel Foxtrot, la banda entraría en otra dimensión, e iría asentando su formación definitiva hasta la actualidad. Mientras tanto, Summerteeth es un disco tremendo, un clásico que no ha perdido ninguna vigencia, en el que Wilco fueron dejando de lado los sonidos más de raíces. Además, nunca sonaron Wilco tan luminosos. Y es que Wilco hay unos cuantos y nunca defraudan.

 

«Orange», el asalto a la cima de la Jon Spencer Blues Explosion


02 May

Para muchos su mejor disco, en cualquier caso enmarcado en su época más prolífica y exitosa, «Orange» supuso para la Blues Explosion de Jon Spencer el salto definitivo del underground neoyorquino a una escena de mayor alcance y les posicionaría como abanderados de una corriente garajera que aún colea. Para ponerlo en situación habría que indicar que se trataba del cuarto álbum del trío formado en 1991 por Jon Spencer (voz y guitarra) junto al guitarrista Judha Bauer y el batería Russell Simins, segundo en el sello Matador tras el también exitoso «Extra Width», y que supondría su consolidación y el inicio de su época dorada, que podría considerarse la formada junto al «Now I Got Worry» de 1996 (mi preferido) y el «ACME» del año siguiente.

Inmediatamente acreedores de la titularidad de un sonido que bebía del blues más añejo y del garaje más cool, su sonido y composición allanaron el camino a bandas que años más tarde los llevarían a nuevas dimensiones (como The White Stripes o The Black Keys) en una vía que aún es transitada por otras más jóvenes y menos laureadas como Japandroids o Royal Blood. Prescindiendo del bajo y extrayendo una increíble variedad de sonidos de sus dos guitarras, aventajados ideadores de grooves y riffs de lo más infeccioso así como la desafiante e instintiva actitud vocal de su líder, igualmente provocativa en sus directos, son rasgos definidores de una identidad que en esencia han sabido conservar a lo largo de sus casi treinta años de carrera, pero que sin duda vivía su efervescencia en los años en torno al disco que nos ocupa.

Sería su segunda colaboración con Jim Waters, que ya había trabajado con gente como The Posies o Sonic Youth, y se convertiría en productor fetiche y estrecho colaborador en los años referidos. Juntos introducirían algunos elementos poco habituales en sus anteriores discos, como violines, pianos, armónicas y componentes hiphop, ampliando la paleta de sonidos sin alterar la esencia de la banda. De esta forma sofisticaban su propuesta con un pulimento extra que en absoluto reducía la frescura de un sonido que seguía siendo directo, crudo e inconfundible.

El listado lo abre la fantástica Bellbottoms, primeros violines y actitud rock que alterna las partes aceleradas con las más intensas sin perder la efectividad. En Ditch Spencer hace una de sus sobreinterpretaciones características en compañía de un ácido riff y en la garajera Dang suena urgente la armónica. La esencia soul (y los teclados) aparece en Very Rare, primer remanso del listado, antes de Cowboy, que rompe la dulzura inicial a base de guitarrazos, así como en Orange también alterna energías rock.

Brenda suena clásica y cantada como en lamentos y el riff central es de lo mejor, la mayor contundencia rítmica llega con Dissect, que pone los tambores al frente y las guitarras les siguen. En Blues x Man Spencer cuela su perorata entre crudas notas de blues y los coros de su mujer (y también compañera en otros proyectos) la española Cristina Martínez, y Full Grown es puro ritmo a base de gritos, tambores y una guitarra más que suficiente para pintar el estribillo. Flavor es una pieza de imparable ritmo y ácidas guitarras en cuya parte final rapea Beck, y Greyhound un imbatible colofón instrumental de irrefrenable ritmo.

Su primer discazo en una cúspide creativa a la que aún quedaba cuerda, quizás hasta entrada la primera década de este siglo en que perdieron cierto fuelle e inquietud innovadora y, aunque aún publicaron excelentes canciones, dejaron de excitar como lo habían hecho hasta entonces. Así, sus dos discos de esta última década son sus peores referencias sin duda, tanto en «Meat and Bone» (2012) como en «Freedom Tower» (2015) costaba destacar motivos más allá de la pericia y el músculo de una banda de su talla.

A principios de este año presentó Jon Spencer «Spencer Sings the Hits», su único trabajo en solitario hasta la fecha (de propuesta muy similar a la del trío al completo), con el que obtuvo la resonancia justa y con el que volvía a quedar lejos del nivel de esos años dorados en los que incendiaban giras y festivales con su sonido. No hay noticias de que se hayan disuelto, podrían encontrarse en un simple lapso como ya han hecho en otros momentos de su carrera, pero lo cierto es que hace tiempo que no se sabe nada de ellos en conjunto, por ello es un momento idóneo para celebrar los ya veinticinco años de un «Orange» que da la perfecta medida de lo que entonces fueron capaces.