Death Cab For Cutie, ‘Kintsugi’

22 Abr

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El arte japonés del ‘kintsugi’ defiende que las roturas y reparaciones de un objeto forman parte de su historia y como tal no deben ocultarse sino mostrarse embellecidas como manifestación de esa historia. En la formación de Death Cab For Cutie, prácticamente inalterada desde 1998, siempre ha destacado la labor de su compositor principal y vocalista Ben Gibbard y la de su productor y guitarrista Chris Walla que, a pesar de aparecer como miembro de la banda en los créditos del disco, decidió abandonarla el año pasado. Sin duda que la de Walla es una baja difícil o imposible de sustituir, de hecho no la han sustituido sino que continúan como terceto señalando su ausencia y mostrándola como parte de un recorrido no exento de complicaciones pero que les mantiene en el camino. También hay quien señala el título del disco como consecuencia del divorcio entre Ben Gibbard y la actriz y cantante Zooey Deschanel, pero de eso hace ya tiempo y Gibbard tuvo la oportunidad de desahogarse en su disco en solitario de 2012.

Una vez escuchado Kintsugi no cabe duda de que la banda de Seattle conserva la fórmula para hacer buenas canciones; lejos de aquel 2001 que les trajo a la sala La Imagen de Pradejón en el añorado Serie B y a distancia de su cima creativa de Transatlanticism (2003) con el que conquistaron su actual posición de liderazgo en la música independiente, todavía se mantienen a un nivel difícil de alcanzar y más aún de mantener. Cuatro años después de su última entrega y vistas las vicisitudes tanto vitales como profesionales que les ha tocado vivir, es normal que les asaltara la nostalgia, y esa es la impresión que dejan algunas de las canciones de este disco cuya tónica general no es precisamente optimista.

Unos mínimos arreglos electrónicos abren el disco a la calma de No Room In Frame antes de animarse a lomos de la guitarra. La producción diáfana se mantiene en las guitarras sombrías de Black Sun, que también contiene su discreta aportación electrónica. Algo de rock se deja sentir en The Ghost Of Beverly Drive, con los primeros ecos de Joy Division en el estribillo que continúan en el nostálgico medio tiempo de Little Wanderer. A continuación se encadenan dos canciones desnudas y casi acústicas: You´ve haunted Me All My Life y la más folk Hold No Guns. Destaca en el conjunto el relieve de las guitarras de la preciosa Everything´s A Ceiling. Bello pop de guitarras en el sonido casi ‘nuevaolero’ de Good Help (Is So Hard To Find) antes de retomar la oscuridad y la electrónica en El Dorado. Las dos canciones que cierran el disco son tristes y bonitas: la más original e instrumentada Ingenue y Binary Sea sostenida sobre el piano y los coros.

DCFC vuelven a demostrar que dominan la difícil fórmula de la buena melodía y que saben vestirla como pocos. A pesar de haber cambiado por primera vez de productor, conservan el sonido diáfano y aparentemente simple de sus últimos trabajos y demuestran que, sin pasar por sus mejores momentos y pese a ir acumulando grietas y heridas, siguen siendo capaces de crear nuevas piezas con derecho a engrosar su brillante repertorio.

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