«We Are the Pigs», Suede

12 Jul

Hace unos meses, celebrábamos en Los Restos del Concierto el veinticinco aniversario de Dog Man Star, segundo disco de Suede. Cuando esta semana llega el momento de verlos en el BBK Live, nos adentramos en una de sus mejores canciones dentro de nuestra sección del verano de 2019, «Canciones literarias». Y lo hacemos volviendo a George Orwell, que se convertirá en uno de los escritores en los que más se han inspirado numerosos artistas y bandas para sus canciones. Al ya citado 1984, obra muy presente, le seguirá Homenaje a Cataluña vinculado a la Guerra Civil española, pero hoy es el turno de Rebelión en la granja y «We Are the Pigs» de Suede.

«We Are the Pigs» fue el primer single de Dog Man Star y aunque la inspiración puede considerarse relativa, no es menos cierto que es explícita en la forma aunque igual no en el fondo. Brett Anderson y Bernard Butler se lanzaron con una brutal canción que llamaba a la rebelión utilizando la potente imagen de Rebelión en la granja de Orwell y el trasfondo de esa obra. Orwell, uno de los escritores más relevantes de su generación, distópico y claramente marcado por su visión del sistema y del capitalismo pero no menos crítico con la transformación del comunismo y la deriva del stalinismo hacia el totalitarismo, presentó en esta obra una reflexión aguda sobre la condición humana, la estructura social y esa crítica hacia el autoritarismo.

Anderson, muy consciente de la estructura de clases como reflejó en su autobiografía, y Butler, juegan con el concepto de los «cerdos» para llamar a la acción y a la rebelión de forma directa, la letra es constante en esa dirección acompañada de un sonido épico. Ahora bien, si queremos un disco que se basase directamente en Rebelión en la granja en toda su extensión, ese fue obra de Pink Floyd y su Animals (1977), el de la icónica portada de la estación Battersea, una imagen poderosísima. Aquí Roger Waters, compositor del disco, no ceja en su denuncia siguiendo la línea orwealliana para crear uno de sus clásicos, justo dos años antes del no menos relevante The Wall (1979).

Pero nos quedamos con Suede y su «We Are the Pigs», no es que la conexión sea tan directa pero no es menos cierto que estaba en la mente de Anderson y Butler, al menos como imagen y pretexto. Y, por cierto, el vídeo también tuvo su controversia por las imágenes explícitas que mostraba.

 

«Disintegration» o cuando The Cure lanzaron otra obra maestra

11 Jul

Hay bandas que siempre han estado ahí, no importa el tiempo que pase ni cuando te diste cuenta de su existencia. The Cure es una de ellas. Cuando éramos adolescentes, recuerdo que apareció un disco con vídeos bastante oscuros. Era Disintegration (1989) de The Cure y, hasta ese momento, no tenía ni idea de quiénes eran The Cure. La imagen gótica de un Robert Smith y el agobio que me generó el vídeo de «Lullaby» me hicieron realizar una lectura errónea de The Cure. Pocos años después, la misma variaría y comenzaría a apreciar su calidad y su peso en la música popular de los ochenta y noventa. En tiempos de efemérides, le tocaba el turno a Disintegration, seguramente la obra cumbre de unos de The Cure que alcanzaban entonces su octavo disco en una década desde su debut en 1979. Ojo, desde entonces, tres décadas después, sus discos con novedades se reducen a cinco. Cuando llegan a 1989, The Cure son veteranos, procedentes de la mezcla del Post Punk y de los sonidos más alternativos, irán escalando posiciones en esos años ochenta gracias también a un carismático Robert Smith. Con «Boys Don’t Cry», una canción más Pop y cercana a la New Wave, consiguen en 1980 uno de sus primeros éxitos. La década avanza aclamados por la crítica y en 1987 consiguen un primer punto de inflexión con Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me. Con más de dos millones de discos vendidos, los singles como la adictiva «Why Can’t I Be You?», otro tema más Pop; la fantástica «Just Like Heaven»; o los sonidos Funk de «Hot Hot Hot!!!» demostraban la versatilidad de unos The Cure que todavía iban a escalar un peldaño más.

Disintegration lo grabaron Robert Smith, Simon Gallup, Porl Thompson, Boris Williams, la incorporación a los teclados de Roger O’Donell, y Lol Tolhurst, que dejaría la banda tras este disco. En la actualidad, permanecen en la formación Smith, Gallup y O’Donell, ya que The Cure ha sido una banda con muchos cambios en sus integrantes. Para la producción, volvieron a contar con su productor de confianza, David M. Allen, que ya sólo firmaría con ellos el también exitoso Wish (1992). Disintegration es un disco largo, supera los setenta minutos, y con muchas canciones extensas, la mitad se van más allá de los seis minutos. Es un trabajo coherente y con una unidad sonora que no deja resquicio, apuestan por el sonido más oscuro y gótico pero también utilizan los teclados y sintetizadores para crear un sonido atmosférico y ambiental, por momentos opresivo, dejando de lado los toques más Pop y luminosos de su música. Disintegration no es un disco fácil, pero es un disco impactante.

Ya el comienzo es épico con «Plainsong», un comienzo doliente y oscuro merced a una instrumentación poderosa y con Smith que casi susurra. Con «Pictures of You» lanzan su primer órdago, se van por encima de los siete minutos, insisten en la épica y tiene un lado emocionante. «Closedown» no rebaja el tono, la batería y los sintetizadores marcan el tempo, y las guitarras siguen sonando dolientes. Con «Lovesong» se dan un leve respiro, es más melódica y aunque sigue siendo oscura parece asomar el lado más Pop convirtiéndose en uno de los clásicos de la banda. En «Last Dance» sorprenden a incorporar elementos del Post Punk, ese bajo, con un Smith cantando de forma más apasionada si cabe, siendo uno de los temas que descubrimos en esta escucha del disco. Y en «Lullaby» e salen, transmiten la angustia, tanto en los sonidos como en la voz de Smith. El uso de los sintetizadores es brillante y, como decíamos, cambian la épica por la angustia.

La segunda parte del disco comienza con la más industrial y oscura (¡todavía más!) «Fascination Street», con un Gallup desatado al bajo y con unos teclados de nuevo protagonistas, retornando sin duda al sonido más épico. «Prayers for Rain» sigue en la misma línea, aunque es más ambiental y expansiva, con los teclados y la sección rítmica dialogando y Smith en una nueva interpretación muy sentida. «The Same Deep Water As You» se va por encima de los nueve minutos, sigue el tono del disco y no se hace para nada larga. Casi la misma duración tiene «Disintegration», sonido de nuevo más escorado hacia el Post Punk aunque sin dejar de lado el goticismo y con algunos ribetes Pop en un segundo plano. «Homesick» sigue en la línea de las canciones extensas, más experimental pero muy conseguida, una canción bonita para casi cerrar el disco. Esta función le corresponde a «Untitled» que se lanza a la épica sin contemplaciones y con las guitarras como protagonistas.

Acercarse a un disco al que no le habías prestado atención en su momento, con una canción y un vídeo como «Lullaby» que no es que precisamente te impresionaron con quince años, tres décadas después tiene un punto de justicia. Lamento habérmelo perdido tantos años porque es un disco tremendo, un disco que sólo The Cure podrían haber hecho, con su sonido y su estética inconfundible. Claro, nos acordamos de canciones maravillosas como «Friday I’m In Love», «Boys Don’t Cry», «Why Can’t I Be You?», «Just Like Heaven», etc., pero Disintegration es una obra en su conjunto que te atrapa y no te suelta, con esas canciones tan expansivas y ambientales, atmosféricas. Tremendos.

Calexico/Iron & Wine, «Years to Burn»

10 Jul

Corría el año 2005 y tanto Calexico (Joey Burns y John Convertino) como Iron & Wine (Sam Beam) transcurrían por etapas fundamentales de su carrera. Los de Tucson se habían convertido en referencia del folk independiente, y principales exponentes del rock fronterizo, con cuatro discos conceptuales de gran contenido instrumental y estaban a punto de maniobrar en pos de una propuesta de más amplias expectativas. Por su parte, el por entonces desaliñado cantautor de Carolina del Norte se disponía a evolucionar en su sonido y dejar atrás la árida desnudez de sus dos primeras grabaciones que también le habían proporcionado un hueco en el pujante universo del nuevo folk norteamericano. Fue ese año que se reunieron para grabar el EP «In the Reins» que, arreglado sobre composiciones de Beam, posibilitaba una voz a la banda y una banda al vocalista, y cuyos sorprendentes resultados no pudieron ser mejores tanto entre el público como entre la crítica.

Casi quince años después repiten reunión en este «Years to Burn», de nuevo en un formato de corta duración y con composiciones mayoritariamente de Beam, y con estatus diferentes de cada uno de ellos, asentadas ambas carreras en sus más o menos acomodadas y particulares posiciones en la industria musical norteamericana. Y de la conjunción de acordeón y trompetas con órgano y pedal steel, de la fusión de los sonidos de ambos lados de la frontera de México, y del virtuosismo instrumental de Calexico y la extraordinaria sensibilidad de la aportación de Iron & Wine, recibimos esta alegría quienes compartimos afición por sus carreras por separado, que seguro somos muchos.

Con arreglos de balada country, con vientos y coros, abre con calidez el disco What Heaven’s Left, para ceder el micrófono a Burns en la excelente Midnight Sun, de fluidez ascendente y medida intensidad. El primer sencillo lanzado ha sido la bella Father Mountain, con la dulzura melódica habitual de Beam. Follow the Water también contiene una melodía amable y una perfecta combinación de ambos sabores y The Bitter Suite comienza en castellano (chapurreado en la voz del habitual trompetista de Calexico Jacob Valenzuela), prosigue con un pasaje rítmico instrumental para bajar revoluciones en la parte final en la voz de Beam. La más reposada Years to Burn, cantada con parsimonia por Burns, precede al country ligero In Your Own Time con que cierran el disco.

Vuelven a conjugar a la perfección las sensibilidades sonoras de ambos colaboradores para entregar otra pequeña muestra de mesura y delicadeza folk. Una combinación de funcionamiento casi perfecto que supone una ligera variante en sus trayectorias recientes y que podría sentar bien a sus distintas carreras, ya maduras y excelentes ambas.