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Cuando Nick Cave & The Bad Seeds se propusieron reinar


03 Feb

Se me ocurren pocos casos de treinta años mejor llevados que los de esta banda australiana liderada por uno de los más carismáticos frontman del rock de las últimas décadas. Son pocos los casos en los que el paso del tiempo a través de diferentes etapas en una trayectoria tan extensa, hayan ido aumentando su masa de seguidores sin renunciar a un mensaje cultivado y a menudo de una alta exigencia. El caso es que suele pasar que cuando este tipo de artistas se relajan y crean sin los filtros de esa exigencia dan a luz sus trabajos más bellos e inspiradores (se me ocurre alguno de PJ Harvey o Radiohead) que superan en la mayoría de los casos a los que básicamente se dedican siempre a gustar.

Puede que este sea el caso de Nick Cave & The Bad Seeds, que durante veinte años habían grabado doce discos con una comedida repercusión hasta que hace quince despacharon esta bomba euforizante y luminosa que fue “Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus” y que les supuso la conquista de listas y ventas y el correspondiente punto de inflexión en su larga y exquisita carrera.

Apenas un año después de un estupendo “Nocturama” en el que habían estrenado productor, un Nick Launay con el que no han dejado de colaborar hasta hoy, y reciente el abandono de Blixa Bargeld, uno de sus tres miembros fundadores junto a Mick Harvey y el propio Cave, los componentes del octeto se reunían en París (Studios Ferber) para grabar en no más de doce días un álbum doble compuesto por diecisiete canciones, entre las que podían encontrarse algunas de las mejores y más directas y clamorosas que nunca han grabado, y que giraban en torno a las habituales obsesiones de su líder y genial letrista, paricularmente espiritual y romántico en esta ocasión.

En teoría “Abattoir Blues”, el primero de los dos discos, contenía los temas más duros y enérgicos y el inicio así lo confirmaba. La irrupción desatada de esa suerte de prédica religiosa que es Get Ready For Love, plena de ritmo y fuerza guitarrera, junto a la presentación de las omnipresentes voces del London Community Gospel Choir, impresionaba sin remedio. Oscura y romántica, rítmica y emocionante, Cannibal’s Hymn obedecía a la batería de Jim Sclavunos en su ascenso antes de la menos melódica, fraseada y coreada, Hiding All Away. El piano cobraba protagonismo junto a los coros sobre la intensa fluidez de las guitarras de Messiah Ward para dar paso a There She Goes, My Beautiful World, en torno al proceso creativo y sus dificultades, que ponía las máquinas a pleno rendimiento hasta desencadenar un apabullante estribillo, y una Nature Boy a menos revoluciones emocionales pero más bailable y de una perfecta conjunción instrumental. A continuación un ritmo insistente sostenía la más lineal Abattoir Blues para cerrar con otra enormidad como Let The Bells Ring, en memoria del recientemente fallecido Johnny Cash (1932-2003), con unas guitarras que remueven hasta el desatado final, y el breve y solemne relato de cierre Fable Of The Brown Ape.

La segunda parte “The Lyre Of Orpheus”, que se supone más pausada, la abría el tema homónimo inspirado en un poema de Ted Hugues y en la mitología griega que va tensionándose a medida que avanza para seguir con la magnífica Breathless, dulce y campestre recreación del romance de Orfeo y Eurídice. Continúa la temática amorosa con Babe, You Turn Me On, preciosa y cálida al piano,  antes de visitar la tristeza a través de la historia de Easy Money, que añadía una sección de cuerda suave pero intensa. Más piano y más intensidad al frente de una Supernaturally folk y guitarrera y más amor, aunque también desesperación, alrededor de las bellas texturas instrumentales de Spell, al igual que en las que componen los arreglos de cuerda y coros de Carry Me. La despedida era para otra pieza a destacar como O Children, con piano y coros pesados y profundos para echar el lento cierre.

Un listado sin desperdicio que venía a certificar su sabiduría compositiva y un estado de gracia creativo que despejaban definitivamente las reticencias y malditismos que en ocasiones les habían acompañado y les aupaban a una primerísima línea del rock internacional que no han abandonado en sus siguientes trabajos (especialmente en “Dig, Lazarus, Dig!!!” y “Push The Sky Away” dadas las circunstancias particulares que condicionaron la concepción y el tono del más íntimo “Skeleton Tree”). En 2007 aún editarían “The Abattoir Blues Tour”, excelente directo de la gira grabado en Londres para cerrar el ciclo más exitoso de su carrera.

Puede que no fuera la mejor introducción al universo de la banda, que a menudo se había movido por territorios más truculentos, pero sí una vía de alcance a su fase más luminosa y un disfrute ineludible para todo aquel que guste de apreciar el apogeo de una banda enorme.