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Y Arctic Monkeys se fueron al desierto con Josh Homme: «Humbug»


23 Sep

En el año 2009, Arctic Monkeys iban camino de ser la banda británica más grande. Habían aparecido como exhalación gracias a MySpace (¿lo recordáis?) y eran casi unos veinteañeros con descaro, guitarras aceleradas y ecos garajeros que los alejaban del Rock bailable de la New Wave, Franz Ferdinand por ejemplo, o de las reminiscencias del BritPop, Kaiser Chiefs. Sin embargo, Arctic Monkeys tenía algo más, y Alex Turner demostraba que era de los más listos de la clase. Tras haber colocado dos grandes primeros discos, Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not (2006) y Favourite Worst Nightmare (2007), ojo que lo hacen en menos de un año y medio, tocaba el siguiente paso. Y eso es también complicado porque puedes encasillarte, pero no pasa nada porque en esos momentos ya tienes una base de fans amplia, o puedes tomar riesgos. O muchos riesgos. Y eso es lo que hicieron Turner, Jamie Cook, Nick O’Malley y Matt Helders. Primero, saltaron a Estados Unidos para grabar el disco en gran parte en California, incluido el mítico Joshua Tree. Y, en segundo lugar, eligieron como producto, junto con el anterior James Ford, a Josh Homme. Esta segunda decisión era más compleja, los veinteñeros de Sheffield con el icónico Josh Homme, líder de Kyuss y de Queens of the Stone Age. Era la típica situación en la que las cosas podían no salir bien. Pero Turner, Homme y compañía pasaron con nota la reválida y Arctic Monkeys demostraron que no iban a ser flor de un día y que ese giro fue un acierto. Porque Arctic Monkeys se salieron de su zona de confort para hacer un disco muy norteamericano, canciones ampulosas y sinuosas, sonidos más rockeros y con el fondo del «Stoner Rock» y del «Desert Rock» del que Homme es uno de sus exponentes principales. Toques psicodélicos en un disco donde las guitarras se vuelven más expansivas en vez de tan directas y enérgicas. Turner y compañía no se lo pusieron fácil a su base de seguidores y seguidoras, y sus ventas fueron menores que los discos anteriores aunque también el contexto era peor, pero Humbug fue muy bien acogido por crítica. En Los Restos del Concierto rescatamos un disco que sigue funcionando fantásticamente diez años después. Puede que en la portada los Arctic Monkeys parezcan esos postadolescentes que arrasaron en su debut, pero varias cosas estaban empezando a cambiar. Y para bien.

Ya el comienzo sorprende por ese sonido más maduro, es más atmosférico y pausado, con un punto elegante ese «My Propeller», esa guitarra de Cook, que indica que hay novedades importantes en la propuesta de Arctic Monkeys. Si el primer tema te convence, el segundo te reafirma, «Crying Lightning» tiene una entrada potente que recuerda a sus dos primeros discos pero luego vuelve a esos sonidos más atmosféricos, con unas guitarras sinuosas y Turner fraseando. El nivel se mantiene muy arriba con la adictiva «Dangerous Animals», todavía más oscura y abrasiva y claramente abrazando el sonido «Stoner», aquí Helders hace un trabajo soberbio a la batería. Y Helders y O’Malley vuelven a sobresalir en la melancólica «Secret Door», que vuelve a mezclar sonidos anteriores y que se adelanta un poco al último disco de los de Sheffield. La primera mitad del disco se cierra con una canción como «Pottion Approaching» en los que son los más Arctic Monkeys de los comienzos, aunque matizados por la producción de Homme, pero el sonido sigue siendo oscuro aunque meten el acelerador.

La segunda parte comienza con una canción como «Fire and the Thud», más melódica y en la que ahondan en el tono del disco, con un Turner que vuelve a cambiar la forma de cantar, y en ella colabora Alison Mosshart (The Kills, The Dead Weather). «Cornerstone» está entre las cimas del disco, una canción en la que Turner frasea y que vuelve a los sonidos más esperables de Arctic Monkeys aunque llevados a un terreno más melódico. «Dance Little Liar» se vuelve al tono expansivo y desértico, la sección rítmica está de nuevo excelente. En «Pretty Visitors» van cambiando el tono de la canción, el comienzo es con un órgano muy oscuro que luego da paso a guitarras urgentes, Cook también hace un gran trabajo, como si hubiese un mañana, para luego volver al sonido más sinuoso, y Helders vuelve a destacar en la batería. El final es para «The Jeweller’s Hands» y con la misma culminan la inmersión en ese sonido más oscuro.

Humbug fue un punto de inflexión pero para coger impulso. Retomarían su sonido más característico con Suck It and See (2011) y alcanzarían seguramente su mayor éxito con AM (2013) que era una sucesión de hits con «Arabella», «R U Mine» o «Do I Wanna Know?». Arctic Monkeys seguían evolucionando y ya comentamos su último giro, el controvertido y fallido Tranquility Base Hotel & Casino (2018) con una apuesta por el Pop más ochentero. Pero Arctic Monkeys son una de las grandes bandas de estas casi dos décadas y habrá que estar atentos a su próximo paso. Ya han demostrado que, eso de acomodarse, no va con ellos. Con Humbug lo demostraron con creces.

 

 

Mini Mansions, «Guy Walks Into a Bar…»


18 Sep

Los veranos son tiempos de calma que no suelen dejar muchas novedades, especialmente Agosto, mientras que se esperan los grandes lanzamientos de otoño. Este año, uno de los discos que ha aparecido destacado ha sido el de Mini Mansions Guy Walks Into a Bar…, tercer trabajo del grupo de Michael Shuman, bajista de Queens of the Stone Age, que aquí asume el protagonismo de la banda, junto a Zach Dawes (The Last Shadow Puppets) y Tyler Parkford, junto con el apoyo de Jon Theodore (The Mars Volta y Queens of the Stone Age). Los norteamericanos han tenido también visibilidad este verano porque han girado por España, abrieron para Muse, y su disco ha contado con mayor presencia en los medios que sus dos entregas anteriores (2010 y 2015). Guys Walks Into a Bar…es un disco que se escucha fácilmente y que cuenta con canciones de estribillos pegadizos en los que amalgaman diferentes influencias, aunque la sombra de Arctic Monkeys está ahí, especialmente la de su último disco, el controvertido Tranquility Base Hotel & Casino (2018). De hecho, están más cerca de estos que del sonido de Queens of the Stone Age, aunque no del de su último trabajo. No es un disco que vaya a pasar a la Historia pero sí que es un disco que te alegra la tarde, y tiene algunas canciones muy pegadizas.

La primera parte es muy adictiva, con un comienzo fulgurante que es «Should Be Dancing», una canción apabullante que también tiene un cierto sonido cercano a la New Wave. «Bad Things (That Make You Feel Good)» incide en esa línea con un toque más electrónico. «Don’t Even Know You» es un medio tiempo más melódico con Shuman cantando en falsete, tema con un punto Pop atractivo. Por su parte, «Forgot Your Name» lleva a los sonidos del inicio del disco, con una melodía bien construida y que tira descaradamente al Pop con efectos electrónicos incluidos. «I’m In Love» es más abrasiva, más electrónica, aunque no alcanza los niveles de las canciones anteriores. El cierre de la primera parte es para «Time Machine» que se queda en tierra de nadie, Pop electrónico con ínfulas Rock pero que no acaba de funcionar.

La segunda parte desciende varios peldaños en su calidad, «Works Every Time» es un medio tiempo que gana con las escuchas pero que no acaba de levantar. «Living in the Future» es una insustancial canción de Pop electrónico y «Gummybear» tiene un tono atractivo pero tampoco acaba de convencer, con Shuman tirando de nuevo de falsete. Sin embargo, el nivel asciende de forma clara con «Hey Lover», compuesta y cantada con Alison Mosshart (The Kills, The Dead Weather), una canción con una gran cadencia y que es de las mejores del disco, destacando la interpretación de Mosshart. «Tears in Her Eyes» cierra el disco, un medio tiempo más angustioso y oscuro que te deja igual.

Interesantes Mini Mansions a pesar de una segunda parte en la que el disco no está a la altura de la primera, exceptuando la ya señalada «Tears in Her Eyes». Una pena porque la primera tanda es bastante potente. Seguro que en directo suenan como un cañón.

 

Mad Cool, el gigantismo festivalero y las transformaciones de nuestro tiempo, aunque siempre nos quedará Pearl Jam


17 Jul

Valdebebas (Madrid), 12 al 14 de julio de 2018.

Y pasó el Mad Cool, tercera edición de un festival que se ha convertido en algo más que un gigante y que ha levantado una enorme polvareda en valoraciones, análisis y críticas. Acabas apabullado leyendo todo lo que está escribiéndose sobre el Mad Cool y, cuando hablas con alguien cercano a la música o no, te preguntan en el minuto uno por el tema y acabas teorizando sobre la cuestión. Las siguientes líneas pretenden, por un lado, reflexionar sobre el festival y todo lo que le ha rodeado y, a continuación, detenerse en la música, que es lo que nos importa aunque también se ve mediatizado por lo anterior. Vaya por delante que yo disfruté de grandes conciertos en el Mad Cool 2018 en Madrid y que fui consciente del lugar al que iba. Pero, eso no quita para que muchas cosas te sorprendiesen, o no. Un cartel en el que estaban Pearl Jam, ocho años sin verlos, Arctic Monkeys, Queens of the Stone Age, Depeche Mode, Eels, Franz Ferdinand…ya era muy atractivo. Sí, vale, música para viejunos/as lo que nos llevará a hablar de la variable edad y de ciertas cuestiones sociodemográficas vinculadas a este tipo de eventos, ¿un cierto tipo de elitismo?, no tan fácil. Pero vayamos por partes y por todo lo que se ha hablado de Mad Cool y lo que nosotros vivimos.

Lo primero que había que destacar era el gigantismo de todo, de todo, la verdad. 80.000 personas es una barbaridad y gestionar todo eso tiene muchos riesgos. En ocasiones dio la impresión de que no se estaba preparado para ello, y eso fue palpable en la polémica entrada de final de la tarde del jueves 12. Aquello fue un caos que no nos tocó, entramos en 40 minutos a las 17:00 horas tras una vuelta sorprendente al recinto de IFEMA bajo un sol de justicia, pero eso es una broma con lo que tuvieron que pasar miles de personas horas después. Ese fue un error gravísimo que no ocurrió los días siguientes. Dentro, todo era inmenso y de nuevo las quejas vienen marcadas por las colas de las bebidas y comidas. De acuerdo, tienes 80.000 personas y tendrás que esperar, eso lo asumes, pero no un sistema de pago primero y servir después además de muchos camareros y camareras que se notaba que no tenían experiencia, bastante hacían soportando el tema. Las vueltas al centro de Madrid, en nuestro caso, fueron fáciles y rápidas pero, por precaución cogimos el Metro, funcionó muy bien, en vez de las lanzaderas del festival en autobús que habíamos cogido en previsión cuando no se sabía si habría Metro, 6 euros por cabeza dilapidados. Lo de Massive Attack fue de traca, con gente bastante decepcionada, y aunque la culpa en mi opinión fue de la banda no es menos cierto que, con los precedentes, la organización podría haber previsto un escenario con menos riesgos. Insisto, la culpa de la banda pero Mad Cool tenía que haber velado más por sus asistentes. El gigantismo del festival, reitero lo de las 80.000 personas, nos lleva a un modelo de forma de ir a conciertos, o al menos una muy mayoritaria, que se basa en el festival. El concepto de las «experiencias» está presente pero lejos quedan esas experiencias cuando estás yendo de lado a lado para no perderte al grupo siguiente que toca en menos de cinco minutos. Todo se basa en el más grande, más rápido y más cosas, un no parar a toda velocidad no vaya a ser que te pierdas algo y que no puedas hacer la foto o el vídeo que tienes que colgar en las Redes Sociales…en fin. Por otra parte, Mad Cool ha dado un golpe fuerte en la mesa y se ha llevado a bandas y artistas muy atractivos que se llevan al público. Ese es un problema, el hecho de que para ver a algunas de ellas tengas que pasar por este tipo de eventos supone valorar el precio a pagar, por ejemplo ver a tu banda favorita, Pearl Jam, a 150 metros de distancia. Por otra parte, la competencia se va reduciendo y, como cantaban ABBA, «The Winner Takes It All». A pesar de todas las críticas, Mad Cool va por ese camino y su gigantismo apabulla. Es el signo de los tiempos, no en vano Uber estaba omnipresente como patrocinador desde las estaciones de Metro, y debemos ser conscientes de ello, otra cosa es qué podemos hacer frente a ello y habrá gente que me diga que no vaya o que hubiese ido a ver a Pearl Jam a Barcelona. Pero vayamos a la música que es lo más importante para nosotros aunque, en mi caso, como sociólogo aprendí, o confirmé, unas cuantas lecciones del mundo posmoderno en el que vivimos.

Pearl Jam arrasan en una noche épica (12 de julio, jueves)

Imagino que, como mucha gente, nosotros llevábamos marcados los conciertos a los que queríamos ir y que, otra cuestión a valorar, nos fastidiaban los solapamientos. No sufrimos muchos de las bandas que nos gustan, pero alguno hubo. Como llegamos pronto y no había mucha gente tuvimos la suerte de estar cerca, muy cerca en medida Mad Cool, en el concierto de Eels. Secundado por una banda potente, Mark E. Everett salió dando una sensación de fragilidad pero eso duró lo que le costó enfilar con los covers de «Out Of Street» (The Who) y la fantástica «Rasperry Beret» de Prince. Eels apabullaron en poco más de una hora con un set cargado de guitarras donde brillaron sus clásicos más potentes, desde «Novocaine for the Soul» hasta «Souljacker, Part I». Mientras dejábamos en el escenario principal a Fleet Foxes perdidos en su inmensidad nos íbamos a la otra punta del festival a ver a Leon Bridges, que dio un gran concierto demostrando carisma e intensidad combinando temas de sus discos y sacando a relucir que sus nuevas canciones, las del controvertido Good Thing funcionaban muy bien en directo. Se acercaba la hora de Pearl Jam pero antes Yo La Tengo atronaban con su ruidismo y su buen hacer a la par que Tame Impala se lanzaban a su viaje psicodélico. Pero nosotros estábamos ya en la fase buscar sitio lo cual era complicadísimo, horrible más bien. Pearl Jam dieron un concierto fantástico, con una honestidad tremenda y demostrando que son la mejor banda del mundo, en mi opinión. Predominando sus dos primeros discos, pero con casi todas sus etapas representadas, nos dejaron agotados y hubo momentos muy emotivos como un McCready desatado (esos momentos de «Eruption» de Van Halen), Vedder tocando en acústico «Just Breathe», la inclusión de «Hunger Strike» en «Better Man», una enérgica «State of Love and Trust», el «Can’t Deny Me» dedicada a las mujeres que cambiarán el mundo, o las infalibles «Why Go», «Animal», «Do the Evolution», «Porch», «Black», «Rearviewmirror», «Alive» y el cierre de «Rockin’ in the Free World»…en fin, no parar durante dos horas de emoción tras ocho años sin verlos por España. De allí ya tocaba irse a descansar porque, la verdad, Kasabian como que no.

Seguimos sin no parar (13 de julio, viernes)

El viernes 13 prometía de nuevo un carrusel de emociones y todavía quedaban fuerzas. Ese día mantuvimos el ir pronto para evitar males mayores y la entrada se produjo sin problemas. De nuevo rodeados por el gigantismo del festival, destacaba la enorme presencia de jóvenes británicos que venían a ver a Arctic Monkeys. Nos perdimos a Kevin Morby por ver a unos Real Estate en plena solina que hicieron un buen concierto de Power Pop. Los gritos de At the Drive In nos convencieron menos y la siguiente cita era en el escenario grande para ver a Snow Patrol. Snow Patrol cuenta con algunas canciones convincentes pero su show fue deslucido, nos dejaron muy fríos y nos fuimos a ver a Morgan en una de las carpas y, amigos de Massive Attack, ellos sí que tuvieron que lidiar con los sonidos del resto de escenarios. Jack White era uno de los platos fuertes del festival y el de Chicago no defraudó. Acompañado de una banda muy contundente, White hizo un alarde de virtuosismo guitarrero mientras que iba combinando canciones de su carrera en solitario, de The White Stripes, así como un par de guiños para The Raconteurs y The Dead Weather. Ni que decir tiene que los momentos más celebrados fueron «The Hardest Button to Button» y, como no, «Seven Nation Army», canción convertida (ufff) en himno futbolero. Es el concierto que vimos más lejano pero había que salir de allí para ver a unos Arctic Monkeys que nos hacían temer lo peor, es decir, que buena parte de su concierto fuese dedicado a su menor, siendo indulgente, último trabajo. Pero no, aunque Alex Turner y compañía no renunciaron al mismo, y algún tema ganó como el comienzo de «Four Out Five», a continuación se lanzaron a una explosión guitarrera que contó con «Brainstorm», «Teddy Picker», «Why ‘d You Only Call Me When You’re High», «Do I Wanna Know», «Arabella», «I Bet You Look Good on the Dancefloor» o el cierre tremendo de «R.U. Mine?». Por cierto, me encantó que tocasen «505», uno de sus grandes tremas escondidos, y me sorprendió que saliesen ellos cuatro y tres músicos más. Por cierto, que el solapamiento de Arctic Monkeys con Alice In Chains fue sin duda el que más me dolió. Mientras se sucedía lo de Massive Attack, Franz Ferdinand no defraudaban con un breve concierto que nos puso a bailar con las pocas fuerzas que quedaban. Kapranos, inmenso, y compañía se basaron en su disco de debut de aquel lejano 2004 («The Dark of the Matinée», «Jacqueline», «Michael», «Take Me Out» y «This Fire») sin descuidar su notable último trabajo con temas como «Always Ascending» y «Feel the Love Go» que encajaban muy bien entre sus clásicos. Fue un no parar que se vio ensombrecido por las caras que se les quedaron a los que fueron a ver a Massive Attack a la vuelta al centro de Madrid.

No nos quedaban fuerzas pero había más (14 de julio, sábado)

De verdad que no, no quedaban muchas fuerzas para volver a Valdebebas el sábado por la tarde. Apabullados como estábamos, veíamos el recinto bajo el sol de las seis de la tarde y te lo pensabas. Hurray for the Riff Raff convencieron con su concierto, Alynda Segarra tiene mucho carisma y por momentos se transmutó en Debbie Harry. A continuación, Jack Johnson (que no ha envejecido nada) hacía un concierto transmitiendo buenas sensaciones pero monótono y también un tanto perdido en un escenario tan grande como el segundo del festival. Claro que luego llegaría la tormenta de fuego y furia de Queens of the Stone Age con un Josh Homme desatado y poniendo el recinto patas arriba. También le dio un fuerte ataque en relación a la zona VIP aunque esto también daría lugar a otra reflexión más amplia, y me quedo con el tweet de Alex Kapranos. El caso es que Homme amenazó con dejar de tocar si no se dejaba entrar a la gente a la zona VIP. El concierto siguió con una banda que en poco más de una hora y cuarto te dejó sin aliento. Homme y los suyos pasaron del Stoner a su Rock más melódico actual, siempre con esas guitarras pesadas y punzantes, que resonaron con fuerza en la noche madrileña con «A Song for the Dead» con la que cerraron, «Go With the Flow», «Little Sister», «Burn for the Witch» o las recientes «The Way You Used to Do», «My God Is the Sun», «The Evil Has Landed» o «Feel Don’t Fail Me». Con un par de minutos hubo que desplazarse unos metros para ver a Depeche Mode que contaban con muchísimos seguidores y seguidoras. Dave Gahan demostró ser un espectáculo aunque no es menos cierto que el concierto de Depeche Mode fue más efectista que efectivo, con mucho saber hacer, pero pero un tanto descompensado. Claro que, si cierras con «In Your Room», «Everything Counts», «Stripped», «Personal Jesus», «Never Let Me Down Again», «Walking in My Shoes», «Enjoy the Silence» y «Just Can’t Get Enough», pues apaga y vámonos, una barbaridad en definitiva. Pero nosotros no podíamos más y dejamos a mucha gente viendo a Nine Inch Nails.

Domingo por la mañana, agotados tratando de digerir tres días de música en Valdebebas y reflexionando y debatiendo sobre Mad Cool, los festivales y el modelo que se ha impuesto. Si miro atrás, me costaría mucho volver, la verdad, pero todo dependerá de nuevo del cartel. ¿Es el modelo que me gusta?, no, creo que es excesivo y que hay muchos grupos y mucha gente, que la sensación que te queda es de agotamiento y de haber disfrutado de algunas de tus bandas y artistas favoritos, mientras que la organización tiene que mejorar bastantes cosas. Pero, mientras voy pensando en Pearl Jam y «Corduroy» no dejo de ver el anuncio de Uber y a los chicos y chicas de Uber Eats…y pienso en el camino que llevamos. Y me diréis que soy un cínico porque Uber es un patrocinador que pone pasta para que venga Pearl Jam, porque puedo irme a otros festivales y salas, porque nadie me ha obligado a ir, porque estoy sosteniendo y pagando ese sistema…Vale, lo dejo para otro día.