De Led Zeppelin y de gigantes

Ha llegado, de la mano de Alianza Editorial, Led Zeppelin. Cuando los gigantes caminaban sobre la tierra a cargo de Mick Wall, autor de otras obras sobre Prince o Lou Reed. El libro es monumental, se extiende por encima de las seiscientas páginas y no se le puede negar al autor el detalle y la profusión de fuentes, desde entrevistas con los tres integrantes supervivientes de la mítica banda hasta otras numerosas fuentes de gente que estuvo involucrada en su equipo. Ya el subtítulo dice mucho de lo que quiere transmitirnos el autor, califica claramente a Led Zeppelin como gigantes, que no es que no lo fuesen. Por otra parte, también lleva la etiqueta de «La biografía definitiva». Hay que partir de la base de que nos encontramos ante un libro que te engancha, si bien más en la segunda parte que en una primera en la que Wall se va deteniendo en los orígenes de la banda. No escatima nada Wall, que no es objetivo en su devoción a Led Zeppelin pero que sí que se muestra crítico en varios puntos. Sobre Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham pesan varias losas. Primera, ser una de las principales bandas de Rock de la Historia, precursores del Heavy, autores de varios discos clásicos y de hits incontestables. Protagonistas de una década como la de los setenta, millones de discos vendidos y giras mastodónticas, se convirtieron en uno de los blancos favoritos del Punk al ser considerados como «dinosaurios». Por el otro lado, las acusaciones de plagios y apropiaciones, especialmente a cargo de Page, que mermaron su credibilidad hasta hoy y que, en algunos casos se saldaron de forma positiva y en otras no Wall no elude el tema, al contrario, documenta y argumenta. También escenifican el lema de «Sex, Drugs and Rock and Roll», esas giras a las que también alude Wall de forma detallada.

La obra nos muestra cómo el motor de toda la historia es un Jimmy Page que tiene claro su destino tras la salida de Jeff Beck de The Yarbirds, y cómo recluta a Robert Plant, John Bonham y John Paul Jones, ambos formarían una histórica sección rítmica. Y aquí tiene también su protagonismo su representante, el controvertido y amenazante Peter Grant, casi a la altura de Page y Bonham. El libro narra la construcción de un mito, es ascenso y la caída que no da lugar a la redención. En cuanto al proceso de ascenso, Page toma las riendas claramente y no ceja en su empeño. Plant irá ganando protagonismo a medida que Page va entrando en otras dinámicas, relacionadas con el abuso de ciertas sustancias. En cuanto a Bonham, queda retratado como una personalidad extrema y dicotómica, también afectado por sus adicciones y alcoholismo. Jones, en un segundo o tercer plano, mantiene su perfil bajo y tampoco parece que Wall pierda mucho tiempo en buscar más allá. Pero, cómo decíamos, una de las líneas argumentales claras del libro es esa relación entre Page y Plant, una relación de amor-odio que sigue marcando el legado de Led Zeppelin.

Aunque el fallecimiento de Bonham pusiese el punto final a la banda en 1980, parece que ya estaban en un importante deterioro. Wall se detiene en exceso en la afición al ocultismo y a Aleister Crowley de Page, que se vincula, aunque no Wall, a la leyenda maldita de Led Zeppelin con el fallecimiento de Bonham o del hijo pequeño de Plant, entre otras desgracias. También profundiza en la figura de Jason Bonham, el hijo de John, batería en algunas de las reuniones de la banda, adquiriendo un protagonismo central en la parte final del libro que no queda claro si es merecido. En todo caso, hay críticas a las actuaciones del Live Aid de 1985, a los conciertos de homenaje a Atlantic en 1988 y a la reunión de 2007, la última vez que tocaron juntos. Mientras que Page se ha centrado en gestionar el legado de Led Zeppelin, con incursiones como el proyecto con David Coverlade en 1993 o su gira con The Black Crowes en 1999, Plant ha seguido con su carrera en solitario cerrando prácticamente la vuelta de Led Zeppelin a pesar de las ofertas suntuosas y de proyectos que casi se materializan. En este sentido, Plant se muestra celoso cuando Page monta The Firm con Paul Rodgers o con el proyecto con Coverlade, que le llevará a la unión de nuevo con Page en aquel acústico llamado No Quarter (1994) al que no invitaron a John Paul Jones (como en el Live Aid al que Jones se apuntó a última hora), como en otras ocasiones, y que daría lugar a un segundo y fallido disco, Walking Into Clarksdale (1998).

Plant tampoco sale muy favorecido en la parte final del libro, al igual que un Page al que se le cuestiona sus colaboraciones con Puff Daddy o Leona Lewis. Plant sigue con su carrera en solitario y triunfa de forma inesperada con su disco de raíces norteamericanas con Alison Krauss, Raising Sand (2007). Mientras que Plant se convierte en especialista en «marear la perdiz», Page espera impaciente a que Plant diga que sí, pero eso no está por ocurrir. Al final, como hemos señalado, Wall se lanza a reconocer a Jason Bonham como el que mantiene la llama de Led Zeppelin con sus proyectos, pero este hecho tampoco es muy sostenible. En definitiva, un libro recomendable para seguidores y seguidoras de Led Zeppelin, una de las principales bandas de la Historia, y cuya influencia se ha dejado sentir desde sus comienzos. Un libro construido de forma cronológica que cuenta con apartados reflexivos de cada uno de los protagonistas construidos por Wall a partir de sus entrevistas y testimonios. Mientras tanto, Plant y Page seguirán con su extraña relación y Jones esperando también.

«Material inflamable» de Richard Lloyd, unas memorias que responden a su título

Hay grupos o artistas que te quedan un poco de lado, aunque sabes que son gente que tienes que escuchar. Puede ser que no te haya tocado generacional, o puede ser que haya una cuestión de manía o que no te ha entrado. A mí me pasa con toda la «New Wave» neoyorquina de la segunda mitad de los setenta y primeros ochenta, y creo que la cuestión es generacional, a la mía se le pasó porque era anterior a los años en los que nos interesábamos por la música. Además, esas bandas y artistas a partir de la segunda mitad de los años ochenta, en general, estaban fuera de foco, exceptuando Talking Heads. Salvando a los Ramones, con su Punk Rock característico, y que no encaja exactamente en ese movimiento, el resto nos quedaban lejos. Patti Smith estaba retirada, Talking Heads no eran el grupo que le iba a gustar a un postadolescente a finales de los ochenta, Blondie…algunos descubrirían a Blondie con «María» a finales de los noventa. Y allí también estaban Television, que es uno de los protagonistas del libro que nos ocupa. Claro que conocíamos la mítica del CBGB, mítico club, y la «New Wave» tendría una segunda vida por ser referente para The Strokes, Interpol y compañía a comienzos del siglo XXI, pero esa es otra historia. Television serán, seguramente, la banda menos conocida de las que estuvieron en primera línea. Reconozco que siempre tuve curiosidad por ellos, sólo por el nombre ya me llamaban la atención, y por ese Marquee Moon (1977) con esa portada tan…tan extraña que Richard Lloyd explica en su libro.

Porque, de lo que va este artículo, es de las memorias de Richard Lloyd, fundador de Television, guitarrista de la banda, y figura central en todo ese periodo que estamos comentando. Ya sólo por el prólogo del gran Rafa Cervera, el libro era todo un reclamo. Y es que Material inflamable (Contra) no te va a dejar indiferente, y responde claramente a su título. Lloyd, figura del underground, no ahorra detalles con una prosa sencilla y directa que te hace que todo lo que te cuenta suene cotidiano y cercano (algunas de las cosas que cuentan son todo lo contrario de cotidiano y sencillo). Hay varias partes en el libro. Una de ellas, muy importante, es toda la parte espiritual de Lloyd y sus diversos experimentos en diferentes sentidos para alcanzar determinados estados. Claro que eso también le lleva a un carrusel de adicciones, preguntándote cómo sobrevivió a todas ellas. Y, dentro de toda la mitología del Rock & Roll, pues no puede faltar tampoco el tema del sexo, donde Lloyd también entra con todo detalle.

Y está la música, y Television, por supuesto. Lloyd también realiza un análisis pormenorizado de esa escena incipiente y de cómo se va fraguando. Él va a estar en primera línea, va a ser protagonista principal tanto individualmente como con Television, y te sumerge en todo lo que estaba ocurriendo en esos años. Y está Television, claro. Y está Tom Verlaine, cantante y principal compositor de la banda, que queda muy mal parado. Lloyd y compañía, siguiendo la versión de Lloyd, tuvieron muy mala suerte con un Verlaine que, será todo lo talentoso que sea, pero en el libro queda muy mal parado. Television no tuvieron una gran trayectoria, tras su exitoso (de crítica que no de público) y seminal debut sólo hubo un disco más, Adventure (1978), del que Lloyd no se siente muy orgulloso. No duran mucho, Verlaine les anuncia que deja la banda por lo que Television se disuelven ese mismo año y no regresan hasta 1991, publicando un disco homónimo en 1992 del que Lloyd tampoco tiene buenas palabras. Lloyd aguanta en Television hasta 2007, cuando ya no puede más. Su carrera en solitario y en otras formaciones no tiene suerte, parece estar en el lugar equivocado en no pocas ocasiones, y no sólo en la cuestión musical.

Si queréis echar un buen rato, Material inflamable es vuestro libro, divertido y directo, escenarios de otras épocas con un Richard Lloyd que trufa todo el relato de numerosas anécdotas. No sólo no defrauda sino que te hacen ir corriendo a por Marque Moon. 

Montero Glez o la historia del Flamenco de las últimas décadas

A mediados de los noventa del siglo pasado, es muy difícil que no hubieses escuchado el exitoso De akí a Ketama (1995), que tendrá su recorrido en los aniversarios del año que viene. También habrá tiempo para Está muy bien eso del cariño (1995), segunda etapa de un Kiko Veneno renacido tras Échate un cantecito (1992), clásico de la música popular española. Raimundo Amador lograba una gran visibilidad y, en una escala superior, Enrique Morente y Lagartija Nick habían reventado las costuras de todo con Omega (1996). Fue el punto de inflexión de la eclosión del «Nuevo Flamenco» y/o «Jóvenes Flamencos» que se basó en el mestizaje del Flamenco con otras músicas, desde el Rock al Jazz, pasando por la Psicodelia, los ritmos africanos y cubanos, el Soul, etc. El mestizaje entre el Flamenco y otros estilos le dotó de una nueva perspectiva y abrió su base de oyentes y seguidores. Lamentablemente, a partir de esos años centrales de los noventa todo fue a peor. Como suele ocurrir, la cosa se banalizó y se acuñaron nuevos términos como «flamenquito» para definir un estilo basado en la fusión y el mestizaje. Aquellos años, algunos de los discos que más escuchaba eran los de Kiko Veneno, más escorado a la Rumba, Ketama, Raimundo Amador, a la par que recuperaba a Pata Negra y el debut de Veneno con el homónimo disco, el del chocolate, que Kiko Veneno y Rafael y Raimundo Amador habían publicado en 1977. Casi nada.

Todo esto viene porque mi querido amigo Sergio Pérez de Heredia acertó de lleno al regalarme el libro de Montero Glez La imagen secreta (Pepitas de Calabaza), ganador del premio literario Café Bretón y Bodegas Olarra. Nos encontramos ante un libro diferente y de gran altura, tanto en la forma como en el fondo. Montero Glez ha creado un fresco a base de ciento treinta y ocho instantáneas y esto tiene sentido porque el motor de su obra son el pinto Miquel Barceló y el fotógrafo Alberto García-Alix, autores de alguna de las portadas e imágenes más icónicas de la obra de Camarón de la Isla. Este último podría ser definido como el principal protagonista del libro. Un tercer artista sería Ceesepe, Carlos Sánchez Pérez, mítico pintor e ilustrador de ese periodo, pero falleció en 2o18 y su diálogo con Montero Glez sólo es posible a través de los recuerdos.

Camarón de la Isla y Paco de Lucía son dos figuras centrales en el libro, dos figuras que revolucionan el Flamenco. Son la base de todo lo que vendrá después, incluidos Lole y Manuel. Antes hay espacio para el guitarrista Sabicas que, desde Nueva York, hace los primeros intentos de fusión del Flamenco con el Rock. También para Smash y Las Grecas, reivindicados. Para nuestra generación, Camarón fue un mito, falleció en 1992 y su figura se alarga sobre la música popular. Paco de Lucía era otro genio, pero un genio más distante e inalcanzable. Más teórico, menos popular, pero de un talento descomunal. Paco de Lucía, con sus fusiones con el Jazz y su virtuosismo, era la otra cara.

Montero Glez atrapa en un libro que aborda la Cultura desde el final de las décadas de los setenta a los noventa. Hay una crítica fundamentada a la mercantilización de las manifestaciones artísticas, a la relación del capitalismo con el Arte, y por supuesto a la «Movida», contra la que carga en diferentes momentos, de forma también brillante. Hay otros personajes como Mario Pacheco, fundador de la discográfica Nuevos Medios (ojo al cuñado de Pacheco, que llevaba las cuentas de esta); el productor Ricardo Pachón; o el cineasta Iván Zulueta, icono del underground y director de Arrebato (1980). El libro discurre entre personajes y en una primera persona donde también cobran protagonismo calles y callejones, paredes y carteles, espejos y, en definitiva, el Madrid de esos años tan diferente del actual, con sus comercios, bares, salas de fiestas, etc. Por allí se despliegan Montero Glez y su entorno, en ese contexto de la «Movida» y también mediado por la heroína. Es una mirada a un pasado no tan lejano pero que ya parece olvidado y mitificado.

Ray Heredia, Rafael Amador, etc., aparecen como talentos que se perdieron por el camino. Aunque el protagonista es Camarón de la Isla, Camarón y su obra cumbre, La leyenda del tiempo (1979). Un disco que supone una ruptura, un disco que produce Pachón y por el que pasan Tomatito, Raimundo Amador, el importante percusionista Rubem Dantas, Kiko Veneno con «Volando voy», etc. Camarón de la Isla como icono de un tiempo, como representante de lo que pudo ser, del valor que tuvo que tener para Montero Glez el Flamenco y su mestizaje, desbordado por la «Movida» y sus derivados.

Montero Glez ha creado un libro fascinante, que se lee de una sentada prácticamente. Con Barceló y García-Alix como hilos conductores también, que van contando sus experiencias con Camarón, reconstruye un tiempo diferente, una parte de la Historia de este país desde un prisma diferente