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«Mañanas negras como el carbón» de Brett Anderson


24 Sep

Nos tocan unas semanas en las que estaremos muy en modo Suede ya que se ha publicado su octavo disco de estudio, The Blue Hour, y lo comentaremos aquí; dedicaremos un amplio artículo a repasar su carrera; y la editorial Contra ha publicado en España las memorias de su frontman, Brett Anderson. En un libro breve, no llega a las doscientas páginas, y con una prosa ágil, Anderson nos cuenta su historia desde su infancia hasta el momento justo en el que Suede comienzan a despegar hacia lo que fueron, una de las bandas más relevantes del BritPop, y firman su primer contrato discográfico. Anderson ya nos avisa desde el comienzo que no pretende hacer unas memorias al uso sobre el proceso de la fama, todo lo que rodea, etc., y eso que seguro que los casi tres décadas de Suede darían para mucho. A cambio, Anderson se centra en sus orígenes familiares y en el periodo anterior al triunfo de Suede, queda en medio toda la etapa de la adolescencia y primera juventud que Anderson pasa casi de puntillas, pero es que realmente tampoco parece que daba para mucho más.

Con un título tan sugerente como Mañanas negras como el carbón, expresión que para Anderson viene a significar las dificultades que vivían en su día a día, el autor nos muestra su dura infancia en un hogar de clase trabajadora con aspiraciones de estatus de clase media, casi imposible de alcanzar, en un típico municipio británico. Las penalidades de un hogar que no llegaba a fin de mes marcarán una huella profunda en un Anderson que también se verá expuesto a la extraña y compleja personalidad de su padre y a una madre que aparece en un segundo plano frente a la figura paterna y que será la pieza clave en la sostenibilidad del hogar, en todos los sentidos. Poco más hay de especial en una infancia y adolescencia de Anderson, más allá de los lugares comunes y el acercarse a un cierto costumbrismo que será clave en sus obras, aunque no es menos cierto que te atrapa en su cotidianidad con la que mucha gente se puede identificar.

La segunda parte, la que aborda su entrada en el mundo de la música y la formación de Suede, trasladándose primero a Manchester a estudiar y luego a Londres, ofrece pinceladas de los momentos claves y también tiene el tono de costumbrismo y cotidianidad de la primera parte. Además, Anderson cuenta el desarrollo de Suede desde la humildad de reconocer la suerte de la banda para llegar al éxito, junto a aquellos momentos de conciertos prácticamente vacíos. Tienen especial relevancia las descripciones de cuando conoce al resto de integrantes de Suede, de Mat Osman a Simon Gilbert, junto a la evidente llegada de Bernard Butler, su pareja creativa durante los dos primeros discos de Suede, sus dos trabajos más clásicos. Y, obviamente, hay un lugar destacado para Justin Frischmann, que será miembro fundadora de Suede y su pareja durante esos años. Frischmann deja a Anderson y a la banda antes del triunfo de Suede y, tanto con respecto a Butler como a Frischmann, hay palabras de cariño y agradecimiento, no salda cuentas pero no es menos cierto que da algunos apuntes interesantes sobre huellas y daños mutuos. Anderson también nos lleva por sus influencias, obvias The Smiths y David Bowie, pero no busquen una gran profundidad. Y, una de las partes más importantes, es el papel que desempeña el costumbrismo y la cotidianidad señalada y que llevará a sus canciones, especialmente en sus tres primeros discos, retratando la realidad de una ciudad deshumanizada y su impacto en los individuos. Tampoco hay muchas páginas sobre las bandas de la época pero hay una pulla contra Blur y Damon Albarn, sin nombrarlos, por imitar el acento de clase trabajadora cuando provenían de un entorno muy diferente. Tampoco hay que olvidar que Albarn fue pareja de Frischmann.

Mañanas negras como el carbón es un buen libro que te atrapa desde un cierto tono dramático, como las canciones de Suede, pero con sencillez. Es un libro que nos ayuda a comprender su evolución artística y el significado de una banda que siempre ha ofrecido cosas interesantes.

 

Supergrass o el recuerdo de una banda infravalorada del Britpop


20 Ago

En no pocas ocasiones regresas sobre bandas y artistas que permanecen olvidadas, y pillas esa recopilación que te compraste hace muchos años. Es el caso de Supergrass, una de las bandas que tuvieron una importante presencia en el Britpop en la segunda mitad de los noventa y que, sin embargo, seguramente fueron infravalorados con respecto a otros compañeros de generación, comenzando por Oasis y Blur y siguiendo por Suede y Pulp, pero también por Elastica y demás. Y es que los de Oxford se presentaban como una de las formaciones más divertidas del Britpop, un sonido festivo y despreocupado que alcanzaba su cumbre en temas como «Alright», uno de sus hits en el que destacaba un piano machacón. Supergrass atesoró una carrera de casi dos décadas, se disolvieron en 2010, y su evolución se centró en ir madurando su sonido, que tenía tintes también psicodélicos, aunque siempre predominando ese Pop de la época con influencias de The Kinks a The Jam, aunque más acelerados que los primeros. Y había igualmente un punto costumbrista, aunque no tan exagerado como en el caso de Blur. La banda tenía un formato trío con Gaz Coombes a la cabeza, que acaba de sacar disco, Danny Goffey y Mick Quinn, incorporándose Rob Coombes, hermabo de Gaz, en 2002, y en aquella segunda mitad de los noventa daban la imagen de pasarlo muy pero que muy bien, lo que posiblemente contribuyó a no ser tan valorados, aunque tuvieron un enorme éxito.

Su debut se produjo en 1995, en plena consolidación del Britpop con I Should Coco, que les colocó como número 1 inmediato en Reino Unido. Aquel disco contaba con canciones que no pararon de sonar como la citada «Alright», ña cañera «Caught by the Fuzz», «Lenny» o «Mansize Rooster», donde también aparecían guitarras poderosas. El siguiente paso, con el Britpop ya de capa caída, lo darían en 1997 con otro gran disco, In it for the Money, con una portada curiosa, y con una evolución en su sonido que iba dejando paso a temas contundentes como «Richard III» o canciones donde exploraban su lado más intimista en parte como «Late in the Day», que tenía un punto Beatle. Junto a estos temas, también fueron singles «Sun Hits the Sky», un tema fantástico que llama a la rabia de The Jam, «Going Out» o «Cheapskate».

Ya muy consolidados, su tercera entrega llegaría en 1999 con Supergrass, un disco que contendría dos de las mejores canciones de la banda, y que también mostraban su evolución. Una de ellas era «Moving», más compleja y de coordenadas más ambientales. La otra era la festiva y divertidísima «Pumping on Your Stereo», una canción que remitía al mejor Pop británico de los sesenta. También estaba una fantástica «Mary», otro tema más complejo que sus discos anteriores. Supergrass terminaban el siglo XX no habiendo realizado un disco malo.

El comienzo del siglo XXI traería el cuarto disco de la formación, que es mi favorito. Life on Other Planets (2002) marca la evolución de la banda, ya como cuarteto, y es un disco más complejo y ambicioso. Era un momento en el que los restos del Britpop estaban diseminados, con la autorrepetición de Oasis, el bajo momento creativo de Blur, las dudas de Suede y la separación de Pulp. Supergrass entregaban un disco maduro y muy interesante con canciones como «Grace», «Seen the Light» que sonaba a The Kinks, la más psicodélica «Rush Hour Soul», la más acelerada «Never Done Nothing Like That Before», etc. Para mí, un disco que tuvo menos suerte que la que merecía, aunque no es menos cierto que era los tiempos ya habían cambiado.

En 2004 publicaron un excelente recopilatorio, de título muy poco humilde Supergrass is 10. The Best of 94-04, y todavía tendrían fuerza para publicar hasta 2010 dos trabajos más, pero el tiempo era inapelable. Aunque se podría haber hablado de un segundo Britpop en esos años, no fue comparable. Supergrass sacarían Road to Rouen (2005), que contaría con una buena aceptación de la crítica, y Diamond Ho Haa (2008), que pasó mucho más desapercibido. Reconozco que no presté atención a estos dos últimos discos pero Supergrass siempre me pareció una banda a recordar y considerar, y siguen sonando igual de divertidos, lo cual siempre viene muy bien.

 

‘Urban Hymns’ de The Verve o el canto de cisne del BritPop


11 Oct

Andamos estos días leyendo muchos y fantásticos artículos, mejores que este estoy escribiendo así que ya pueden buscarlos en Internet, sobre The Verve, su significado y el final del BritPop. Y es cierto, no hay duda alguna que The Verve, o habría que decir mejor su himno ‘Bitter Sweet Symphony’ y su disco Urban Hymns (1997), supusieron para un BritPop que agonizaba. El BritPop, del que hemos escrito en otras ocasiones, fue un movimiento bastante sobredimensionado por la prensa musical británica, sin negarles mérito y reconociendo que saben lo que hacen, pero daba para lo que daba y también es un indicador de la superficialidad que nos venía encima. Ojo, soy muy de algunos discos y bandas de ese momento y sigo disfrutando de discos atemporales como los dos primeros de Oasis, parte de Blur, etc., pero había más sustancia en el Grunge.

En 1997 a Oasis les iba a caer un palo de la crítica por Be Here Now, que no era tan malo, entrando en la dinámica de los Gallagher de facturar cada vez discos más irrelevantes y destacar más por su impagable relación. Blur adoptarían sonidos más rockeros y duros en su quinto disco que llevó por título el nombre de la banda, dejando descolodados a más de uno. Radiohead darían la puntilla al BritPop al poner delante del mismo OK Computer, clásico imperecedero, en las antípodas de un sonido del que Radiohead siempre renegaron. De Pulp, que no se casaban con nadie e iban a otra cosa, aunque estaban dentro del BritPop, llegaría en 1998 en más oscuro This Is Hardcore. The Verve no estaban en la primera línea del BritPop, aunque llevaban en esto desde 1990 e iban publicando discos, A Storm in Heaven (1993) y Nothern Soul (1995). The Verve contaba con un líder carismático, aunque tampoco lo era tanto, como Richard Ashcroft, que tenía una relación con su guitarrista Nick McCabe bastante complicada, de hecho McCabe dejaría la banda en varias ocasiones. Ashcroft también tenía un buen amigo en Noel Gallagher, The Verve girarían con Oasis antes de la explosión de los de Manchester en 1994. Pero, lo que decíamos, a The Verve no les conocía mucha gente hasta 1997.

Ashcroft hizo las paces de nuevo con McCabe y grabaron un tercer disco, el ya mencionado Urban Hymns, que les pondría en el mapa, en el 1 en Reino Unido y con un tema que pasaría a la historia. Reconozco que no les presté mucha atención, me gustaban más Ocean Colour Scene, pero hay que reconocerles a The Verve este disco, y con el tiempo y algún recopilatorio he descubierto temas como ‘Blue’, ‘History’, ‘This Is Music’, etc. El salto de The Verve tuvo a su favor una gran canción, ‘Bitter Sweet Symphony’, y un gran vídeo con Ashcroft como protagonista (por cierto, basado en el de ‘Unfinished Sympathy’ de Massive Attack), lo que también nos llevó a pensar que era un tipo carismático. La controversia con la canción llegó porque The Verve habían sampleado el tema ‘The Last Time’ pero la versión compuesta y arreglada a partir del mismo por David Wihtaker para la adaptación orquestal de Andrew Old Loogham, productor a su vez de los Stones de 1963 a 1967. Sin embargo, no hubo piedad y ‘Bitter Sweet Symphony’ aparece coescrita por Jagger, Richards y Aschroft, imaginaros la cara que se le quedó a este último y el impacto en su cuenta corriente. Por cierto, Withaker no vio nada de nada lo cual también es muy injusto. El tema fue un pelotazo y colocó a The Verve en el mapa, pero para entonces el BritPop iba muy cuesta abajo. Pero The Verve tenían más canciones redondas y ahí están ‘Lucky Man’ (y coincido con mi amiga Edurne Chocarro en que es su mejor canción), ‘Sonnet’ y ‘The Drugs Don’t Work’, por este orden para mí. Igual es que me quemó mucho el ‘Bitter Sweet Simphony’, pero me gustaron más los otros singles.

The Verve supusieron el canto del cisne del BritPop, no tardarían mucho en separarse, concretamente en 1999, y Ashcroft inició una carrera en solitario que algunos vimos con ilusión de algo potente. Su primer disco, Alone with Everybody (2000) que fue número 1 en Reino Unido, contaba con singles resultones (‘A Song for the Lovers’, ‘Money to Burn’, etc.), pero era muy irregular. Aquello le lastró bastante y sus siguientes discos fueron pasando sin pena ni gloria, aunque mantuvo su público en su país, mientras que la crítica no tenía piedad, a pesar de algún tema brillante como ‘Music Is Power’ del disco Key to the World (2006). The Verve tendrían tiempo de un nuevo disco en una de esas reuniones a las que estamos tan acostumbrados, Forth (2008), con su gira correspondiente. Y hasta ahí. Da la impresión que tuvieron mala suerte de no subir más alto en los años centrales del BritPop, 1994-1995, pero también llegaron in extremis.