Mark Lanegan Band, ‘Somebody’s Knocking’

Sin demasiadas variaciones con respecto a la dirección emprendida con el fantástico anterior trabajo junto a su banda (‘Gargoyle’, 2017), si acaso un mayor uso de las programaciones rítmicas, el sombrío barítono norteamericano, inquieto superviviente del Seattle noventero, entrega un extenso trabajo para el que se rodea de habituales como el productor chileno-estadounidense Alain Johannes y el joven guitarrista británico Rob Marshall, principal descubrimiento de su anterior disco y que pronto debutará en solitario y con colaboraciones ilustres. Se aleja del sonido tradicional de alguno de sus primeros trabajos (como el brillante y lejano ‘Bubblegum’) y prosigue su incursión por territorios electrónicos mayormente apoyado en músicos europeos como el mencionado Marshall o el multinstrumentista holandés Sietse Van Gorkom entre otros. Ni que decir tiene afirmar que la voz de Lanegan vuelve a ser condicionante protagonista en un trabajo a la altura de lo mejor de una trayectoria que en solitario ya supera la decena y que ha transitado irregularmente por variados sonidos antes de alcanzar el nivel de sus últimas entregas.

La presentación corre a cargo de una enérgica Disbelief Suspension, que combina guitarras y sintetizadores, para aumentar el componente programado en una Letter Never Sent en la que colabora otro habitual como Greg Dully. Night Flight to Kabul es un oscuro híbrido electrónico y en Dark Disco se ralentiza el ritmo con programaciones y guitarras densas. En Gazing From the Shore resuena con fuerza la electricidad de las guitarras, como en el acelerón rock de Stitch It Up. Con estribillo oriental Playing Nero hace de balsa sintética para dar paso a la lograda incursión dance de Penthouse High. Antes de las guitarras oscuras y el ritmo industrial de Name And Number aparecen en Paper Hat residuos de un sabor americano más convencional que continúa en el pesado desarrollo de War Horse y en el rock ligero de guitarras que es Radio Silence. Cierran emocionantes las guitarras de She Loved You y los teclados de Two Bells Ringing at Once.

Con un sonido algo menos guitarrero y más programado, pero portador de la misma oscura intensidad marca de sus mejores trabajos, Lanegan y banda vuelven a cantar en sus letras a la decadencia y la derrota en un disco que también reserva espacio para otros pasajes menos truculentos hasta componer un conjunto de homogénea variedad. Más que indicada para estas frías y oscuras fechas, la profundidad y aspereza vocal de Lanegan así como su alternancia de pausa y dureza, aciertan con la tecla que les mantiene a bordo del carro de los tiempos y demuestran que aún saben lo que hacer para no ser apeados.

Y Mark Lanegan se destapó: quince años de «Bubblegum»

Todo un veterano de la escena rock norteamericana, testigo privilegiado del  salvaje Seattle de los ochenta y noventa al que sobrevivió a base de carisma e independencia, y dominador de una voz estremecedora que se apodera de cualquiera que sea el objeto de su interpretación, la figura imperturbable de Mark Lanegan se ha ido agrandando a través de los múltiples proyectos en los que ha participado desde que formara hace casi treintaycinco años los capitales Screaming Trees. Sería muy largo de enumerar todos los compañeros de viaje que ha alternado en estos años; desde proyectos compartidos, como sus discos junto a Gregg Dully (The Gutter Twins), Duke Garwood o Isobel Campbell, a sus colaboraciones habituales con los Queens of the Stone Age o The Twilight Singers y otras más esporádicas con gente de la electrónica como Soulsavers, UNKLE o Moby.

Fue en 1990 cuando se estrenó en solitario con un disco reposado («The Winding Sheet») que se alejaba de la energía grunge de su primera banda, iniciando así una andadura que nunca ha alcanzado más allá de un éxito moderado salvo excepciones como el disco que nos ocupa, con el que obtuvo la mayor resonancia mediática y comercial sin llegar a abandonar unas cifras siempre modestas. Así que no sería hasta el verano de 2004 que el de Washington culminó su sexta referencia en solitario con este «Bubblegum» para el que contaría con la colaboración de un montón de amigos; desde el soporte en la producción de Chris Goss y Alain Johannes hasta las apariciones constantes de primeras figuras del rock como PJ Harvey, Duff Mackagan e Izzy Stradlin (Guns & Roses), Gregg Dully, Josh Homme y Nick Oliveri (QOTSA)… sin olvidar la omnipresencia de su por entonces esposa Wendy Rae Fowler.

Sin duda su mejor disco, le llevaría a alcanzar el puesto treintaynueve de las listas independientes norteamericanas y a incluir un sencillo en listas oficiales por primera y única vez hasta la fecha con Hit the City. Tentado por la electrónica se decidió a introducirla discretamente, sin abandonar los géneros tradicionales que había desarrollado en sus anteriores trabajos en solitario, y a fe que le dio resultado. Tampoco abandonó la densidad ni la oscuridad de su sonido, como queda claro desde el inicio con Your Number Isn’t Up, antes de dar paso al irresistible riff de Hit the City, el pelotazo del disco que canta junto a PJ Harvey.

A continuación la mano de Josh Homme se deja notar en Wedding Dress, que introduce los sintetizadores y está cantada fantásticamente, y después Methamphetamine Blues lo hace con ritmo a base de metales y electricidad. Alcanza algo más de emoción One Hundred Days, de sencillez inicial que asciende con nuevos instrumentos y elementos vocales. Después destaca el blues lento y austero de Strange Religion, magnífico en voces y en emociones, antes de ponerse canalla en la enérgica Sideways in Reverse de poderosas guitarras, y cantar otra vez junto a la Harvey en Come to Me. Like Little Willie John es otro excelente blues lleno de ritmo y sabor, al que sigue la electrónica más fría de Can’t Come Down.

De lo más destacado del disco viene contenido en Morning Glory Wine, pausada y emocionante, ascendente y de una efectiva discrección guitarrera, y en la tremenda Head, electrónica y guitarrera hasta obtener el mejor ritmo. La enorme potencia sintética de Driving Death Valley Blues adelanta el cierre intenso, surfero e instrumentado de Out of Nowhere.

Asimilado por su voz e imponencia (como bien pudimos comprobar en el Azkena de 2004) a la estela de grandes de la canción norteamericana como Johnny Cash o Tom Waits e incluso a Leonard Cohen, continuaría una carrera que en constante evolución le ha llevado a grabar discos algo más irregulares como «Blues Funeral» o el más flojo «Phantom Radio» antes de lanzar en 2017 el que ha sido su último trabajo en solitario, el excelente «Gargoyle» en el que componía un fantástico tándem junto al joven guitarrista Rob Marshall, con quien ha empezado a grabar un nuevo disco para ser presentado este año (quién sabe si en el BIME para el que Lanegan ya ha sido anunciado). Entretanto seguiremos disfrutando de sus numerosas canciones excelentes, muchas de ellas contenidas en esta enorme colección que quince años después de su alumbramiento sigue concentrando lo mejor de su producción.