Pearl Jam, «Gigaton»

Cuando analizamos discos de nuestras bandas y artistas favoritos, la vara de medir se distorsiona, tanto en un sentido como en otro. Puede que seamos muchos más duros que con otros porque tenemos el listón muy alto. Puede que seamos más suaves porque perdonamos más fácilmente que ya no estén a la altura de su legado, cosa por otra parte muy difícil. Hemos tenido ejemplos de sobra, el último seguramente el de un Bruce Springsteen que no acaba de dar con el tono pero cuyo último trabajo igual no merecía críticas tan negativas. Pero, en mi caso, cuando entro en el terreno de Pearl Jam…ahí ya tengo más dudas. Creo que fui mucho más duro con Lightning Bolt (2013) de lo que el disco merecía, los años y las escuchas me hicieron ver que aquel disco tenía más aciertos y virtudes que los que yo había visto. Tampoco esperaba mucho, la verdad. Y es que de Pearl Jam llevamos dos décadas en la parte de su discografía menos lustrosa, tras unos noventa en la que sus cinco discos de estudio, especialmente los tres primeros, eran clásicos. Pero ya Binaural (2000) era otra cosa, Riot Act (2002) buscaba reverdecer el lustro, Pearl Jam (2006) me resulta un disco más conseguido, Backspacer (2009) es más urgente y seguramente menos afortunado, y Lightning Bolt (2013) entraría en una obra que gana con el tiempo. Cuando se anunció su vuelta, nunca habían tardado tanto tiempo en publicar un disco nuevo, volvieron a surgir expectativas aunque no tan elevadas. Y es que siete años eran muchos años, aunque en directo siguiesen demostrando su imbatibilidad. Por el camino había caído un nuevo directo, Let’s Play Two (2017), pensado para fans completistas, como es mi caso. Sí, Pearl Jam son de los últimos «dinosaurios del Rock» y supervivientes del Grunge, casi nada, pero de ahí a pedirles el Ten, Vs. o Vitalogy del siglo XXI ahí un trecho insalvable, incluso para Pearl Jam. El caso es que Eddie Vedder, Stone Gossard, Jeff Ament, Mike McCready y Matt Cameron entraron en el estudio con un nuevo productor, Josh Evans, más desconocido y que había trabajado con Soundgarden y Gary Clark Jr., entre otros, y el primer adelanto ya sorprendió…aunque no para bien. «Dance of the Clairvoyants», que gana con las escuchas, era un sonido en el que Pearl Jam no habían entrado, más orientado a los ochenta. Pero, las siguientes canciones ya mostraron una vuelta a unos Pearl Jam más clásicos, pero dentro de su evolución en las últimas dos décadas. Gigaton, título un tanto grandioso, es el onceavo disco de los de Seattle y nos trae a unos Pearl Jam inspirados aunque es cierto que el disco va de más a menos, con un tramo final más pausado. Las labores compositivas siguen estando repartidas en la misma dirección, recayendo en mayor grado en Vedder (cinco canciones), mientras que Ament aporta dos; Gossard, McCready y Cameron una cada una; y las otras dos son colaborativas.

«Who Ever Said» es una canción clásica de Pearl Jam, Vedder canta con la garra habitual y Cameron comienza a marcar el ritmo con la batería. «Superblood Wolfmoon» tira más del Punk y las guitarras siguen en la tónica prevista. Llega el turno de la controvertida «Dance of the Clairvoyants», una canción muy diferente al comienzo del disco y con ese tono ochentero e incluso con un punto de la New Wave, esa programación de la batería, pero que acaba ganando con las escuchas, a destacar que es una canción que escribió toda la banda conjuntamente. «Quick Escape» es una de las cimas del disco, contundente y con la batería de Cameron de nuevo en un primer plano, aunque luego la canción deriva hacia la épica a través de unas guitarras que se expanden. «Alright» es otra de las canciones que cuentan con el sonido habitual de Pearl Jam, compuesta por Ament, es un medio tiempo que tiene un punto oscuro y que no deja de lado la épica. La misma continua en «Seven O’Clock», una canción más afectada y que se va por encima de los seis minutos.

Tras una primera parte notable, la segunda se inicia con la contundente «Never Destination», que encajaría en los discos de la banda de la primera década del siglo XXI, Cameron sigue a lo suyo y McCready y Gossard también. Recuperan el pulso más Punk en «Take the Long Away», compuesta por Cameron. «Buckle Up» es compuesta por Gossard y es un tema más ambiental y pausado, convence menos que el resto del disco, y el final es una letanía. «Comes Then Goes» cae del lado de Vedder y, aunque comienza acústica, luego va creciendo. «Retrograde» es de McCready pero parece de Vedder, muy ambiental y épica y en la cual la producción no parece haber acertado. El final del disco sigue en esa línea pero intensificada, aunque aquí la producción sí que está conseguida, con una «River Cross» de Vedder muy atmosférica basándose en el binomio formado por la voz de Vedder y el sonido del órgano.

Seguramente, la falta de expectativas es una de las grandes vacunas a la hora de abordar discos como Gigaton, que es de lo mejor de Pearl Jam en las dos últimas décadas. Siguen sonando contundentes y honestos y hay unas cuantas canciones que se van quedando grabadas. Han tardado siete años pero ha merecido la pena.

 

Car Seat Headrest, «Making A Door Less Open»

Hacía cuatro años que la banda del joven y talentoso Will Toledo (aún no ha cumplido los treinta) no presentaba nuevo material. Sí había lanzado un directo y la regrabación de «Twin Fantasy», pero desde «Teens of Denial» en 2016 no entregaba un largo completamente inédito, y lo hace redirigiendo su sonido hacia terrenos más poperos y electrónicos sin eliminar el sello irrenunciable de un cuarteto de rock como ellos.

Ahora que el proyecto unipersonal de Toledo parece haberse asentado en la actual formación junto a Ethan Ives (guitarra), Andrew Katz (batería) y Seth Dalby (bajo), a quienes va concediendo mayor protagonismo, también se han alejado de la visión conceptual de sus anteriores trabajos para presentar un álbum más formal en su disposición. Aún así continúan sirviéndose de medios y estilos variados para completar el disco, aunque en este la predominancia sea la electrónica, o al menos el cambio más notable respecto a sus entregas previas.

Tras una larga apertura de más de un minuto instrumental, la voz de Toledo (ese cruce entre un indolente Beck y un rabioso Julian Casablancas) se integra en la atmosférica y rítmica Weightlifters y presenta lo que en el disco va a predominar, como en el que ha sido sencillo de lanzamiento Can´t Cool Me Down, más electropop melódico. Hollywood es otra cosa, guitarras duras para acompañar el rapeo de Toledo junto a Andrew Katz, y Martin también aunque más sencilla y con toques acústicos. Tras el breve experimento Hymn (Remix) se ralentiza en There Must Be More Than Blood, con bonitas armonías vocales en la parte central, y recupera las programaciones en Deadlines, algo fría hasta el estribillo. Con What’s With You Lately hacen un inciso acústico, cantado por Ethan Ives, para seguir con los sintes y una sección rítmica principal en la ascendente Life Worth Missing, después Famous echa el cierre con puros efectos electrónicos y de distorsión. También incluye un bonus de dos aprovechables versiones desenchufadas de Deadlines y Hollywood al final del cedé.

En su tercer largo para Matador Records, aunque Toledo ya tenía una extensa trayectoria de autoediciones y en la plataforma Bandcamp desde 2010 y bajo el mismo nombre, cambian a una cara que resulta igualmente acertada, electrónica emocional para revestir sus letras ácidas y desprejuiciadas, a veces personales y otras de tinte social, y conformar unas canciones más ortodoxas pero con la misma convicción rebelde con la que se han abierto paso hasta el lugar propio que ahora ocupan.

The Mastersons, «No Time for Love Songs»

Son The Mastersons una de nuestras bandas favoritas, de esas que no hacen ruido y que permanecen en la segunda y tercera línea de la música popular. El dúo compuesto por el matrimonio que forman Eleanor Whitmore y Chris Masterson nos sorprendieron en 2013 con un fantástico disco de Country-Folk llamado Birds Fly SouthAquel disco nos fascinó y descubrimos que Whitmore y Masterson formaban parte de la banda en directo de Steve Earle. Pero Whitmore y Masterson creaban también canciones basadas en armonías y melodías maravillosas, con la voz de Whitmore como elemento sobresaliente. Luego llegarían Good Luck Charm (2014) y Transient Lullaby (2017), de los que hemos dado cuenta en este blog. No se salían de su fórmula, y tampoco lo hacen en este cuarto trabajo bajo la producción del reconocido Shooter Jennings. Nos encontramos ante un disco que transmite un tono melancólico y que vuelve a sustentarse en los juegos de voces y en una Withmore que canta de maravilla. Igual la segunda parte está más descompensada en relación a la primera, donde están las mejores canciones del disco.

«No Time for Love Songs» es sencilla y cálida, muy melancólica. «Spellbound» se convierte en el primer gran momento del disco, un medio tiempo ascendente que se basa en la voz de Withmore. Minimalista es «Circle the Sun», una canción muy nostálgica y de nuevo basándose en la sencillez. Pero con «Eyes Open Wide» recuperan el tono de la segunda canción, de nuevo jugando con las dos voces y con un recuerdo a The Jayhawks. «The Last Laugh» es más triste, hay cuerdas y un contrapunto del Hammond, siendo un tema emocionante.

La segunda parte baja algún peldaño el nivel del disco. «So Impossible» la sustenta su voz e incluso se adivina un tono Pop. La excepción en la segunda mitad del disco es «The Silver Line», nostálgica y fascinante con el diálogo entre los dos. «There Is a Song to Sing» es más previsible, aunque las cuerdas le dan su personalidad. «King of the Castle» vuelve a contar con violines y Withmore canta de nuevo de maravilla. Y el cierre es para «Pride of the Wicked», que apunta por el tono épico y dramático, apareciendo de nuevo la guitarra eléctrica de forma destacada, pero en la que se da un mayor peso a la producción.

The Mastersons son un valor seguro, una de esas bandas que no te defrauda. Un disco en el que refugiarse y con una Eleanor Withmore que tiene una voz increíble.