Conn Bux, «Shine no Stars»

Hace ya tres años y pico, Conn Bux publicó un fantástico disco con su banda The Deltic Underscore. Bux tiraba de sonidos rockeros que, en algunos momentos, llevaban incluso a reminiscencias de The Black Crowes. Aquel disco y sus directos fueron eléctricos y brutales. Ahora, Bux ha regresado con una entrega totalmente diferente en la forma pero menos en el sonido aunque hay evidentes diferencias. Para empezar, Bux ha grabado Shine no Stars sin banda, contando con dos habituales como son Francisco Larrea «Larry» a las baterías y percusión y Miguel Pérez Plaza a los teclados. Las voces y el resto de los instrumentos corren a cargo de un Bux para un disco que tiene mucho de temático. Un disco temático que emprende una serie de miradas sobre distintos temas vitales a través de la excusa argumental de un astronauta que deja atrás la tierra, además del recuerdo de su padre fallecido, al que está dedicado el disco, como recuerda en su crítica de Mondosonoro, Kepa Arbizu. Ya la portada nos muestra unas figuras distorsionadas, unas imágenes sugerentes que suponen una puerta de entrada a un disco que funciona como una unidad, como bien señalaba Arbizu. Bux explora a lo largo de diecisiete canciones las temáticas indicadas, con un tono intimista por momentos y en general melancólico, dejándose llevar por una senda en la que brillan de forma destacada alguno de los temas, pero cuya unidad se impone a cada una de las partes. No supone esta reflexión minusvalorar las canciones, al contrario, supone poner en valor el esfuerzo creativo de un Bux que, posiblemente, haya creado su mejor disco hasta la fecha, con un nivel que estaba ya muy elevado. Hay de todo en el disco de Bux, pero priman las influencias del Blues Rock, sonidos rockeros con reminiscencias a las bandas británicas de los sesenta y setenta, junto con toques psicodélicos. Y, por encima de todo, destaca el conjunto y la coherencia del disco.

«Shine no Stars I» es un gran comienzo con un inicio atmosférico instrumental, con esas voces de fondo, y a continuación mete guitarras que enlazan con el sonido del Blues Rock  junto con el sonido de órgano y con un punto psicodélico. Enlaza con «The World and Me», una canción que mantiene el sonido anterior pero donde tira de la épica con esas guitarras y la forma de cantar de Bux que le da un punto destacado. En «Just Once Around the Moon» adopta un tono sombrío con los teclados de Pérez Plaza en primer plano para avanzar hacia un sonido más orquestal. En «I Am» adopta un sonido más progresivo y aquí el protagonismo es para la percusión de Larrea, toques más setenteros pero adoptando también ritmos eclécticos. Una de las canciones más destacadas del disco es «The Winds Came Down», con ese comienzo con la acústica y luego va creciendo en intensidad. «Can’t Come Back» es más rockera y rompe con la dinámica nostálgica del disco al darle más fuerza a las eléctricas. «The Great Nothing» es un instrumental con sonido envolvente y atmosférico que da paso a una nueva versión de «Shine no Stars», más coral e incluso orquestal.

«Dead Man» ahonda en los sonidos clásicos del Rock británico de los setenta mientras que «To Rose» es más pausada, muy emotiva y minimalista, con la voz de Bux de fondo. «Shine no Stars III» es un nuevo interludio instrumental en el que aparece ukulele, dando paso a «We’re not Animals» en la que Bux se desata con sonidos que de nuevo nos remiten al Rock de los setenta y con una presencia destacada del órgano. «Tell Me What About the Weekend» retorna a un tono minimalista, de corte más reflexivo, la instrumentación va hacia un punto más ambiental. Y aprovecha ese gancho para enlazar con «Lay Down», que aprovecha el piano de Pérez Plaza para ascender de forma brillante siendo otra de las piezas más destacadas de todo el disco. Pero es un paréntesis para volver a sonidos más intimistas con «Time’s Up», sustentada en el piano y la voz de Bux de fondo. El disco se cierra con la cuarta y quinta revisitación de «Shine no Stars», muy diferentes. Mientras que la primera es muy rockera, pisa de nuevo el acelerador, la segunda es un cierre instrumental.

Conn Bux ha creado un disco fantástico, un trabajo que no deja indiferente y que, con las escuchas, va creciendo. La calidad de las canciones y, especialmente, el sentido de coherencia y de unidad, nos llevan a uno de esos discos de los que vas descubriendo matices poco a poco. Es un disco exigente, un disco que muestra el talento de un Bux que parece no tener límites como ha demostrado con este Shine no Stars. 

Prince, «1999» (Remastered)

Prince siempre había sido muy celoso de su producción, recordemos aquello de los vídeos de YouTube, que no permitía que se compartiesen. Su prolija productividad, treinta y nueve discos de estudio (treinta y nueve), llevaban a pensar que Prince no había parado en sus casi tres décadas de carrera. Y, desde su fallecimiento en 2016, sus herederos y encargados de custodiar su legado, han ido dosificando sus lanzamientos. Si comenzaron con la reedición y los materiales extra de Purple Rain (2017), siguieron con las demos de Piano and a Microphone (2018) y el brutal Originals (2019), le ha tocado el turno a 1999, que sigue el mismo camino que Purple Rain. No sabemos qué pensaría Prince de todo este movimiento, pero no creemos que le hubiese gustado mucho, parece que era muy celoso de su obra. Sin embargo, como contrapunto, un artista, un genio, con esa capacidad no es menos cierto que hace indicar que en Paisley Park tienen que quedar muchas cosas guardadas. Vale, desde la segunda mitad de los noventa no fue fácil seguir al de Minneapolis. Discos que aparecían por sorpresa, cambiando de sello distribuidor, y sin apenas canciones reconocibles o grandes hits. De hecho, sería Musicology (2004) uno de los discos que le volvería a situar en la senda comercial, pero sin comparación con lo logrado en los ochenta y primeros noventa. Pero ahí quedaba su directo, todavía brutal como se pudo ver en el descanso de la edición de 2007 de la Super Bowl, considerada entre las mejores de la historia de este partido, incluso la más destacada. Prince se salió en apenas doce minutos que resultaron arrebatadores. Pero toca volver a los ochenta y a la reedición de una de sus obras cumbre, 1999, publicado originalmente en 1982. No sabría valorar los discos de Prince por su categoría, me parecen brutales unos cuantos, pero está claro que Purple Rain, 1999 Sign o’the Times (1987) serían los más destacados.

La capacidad compositiva de Prince era impresionante y 1999 era su quinto disco en cinco años, a toda velocidad. Con el anterior, Controversity (1981), había expandido su eclecticismo a través de la mezcla de Funk, Soul, Rock y todo lo que haga falta. Prácticamente haciéndose cargo de todos los instrumentos en sus discos, como siempre, Prince daría un salto más con 1999. Allí también estaban por primera vez su banda The Revolution, aunque no firma el disco con ellos a diferencia de Purple Rain, otra máquina en directo, con parte de sus integrantes como Lisa Coleman, Wendy Melvoin y Dez Dickerson, cuyas aportaciones, junto a las de Jill Jones y Vanity se limitan en gran medida a las voces y coros. Prince da un salto futurista en 1999, con canciones donde priman sonidos electrónicos, sintetizadores y percusiones producidas de forma electrónica. Prince estaba proyectando su sonido hacia un 1999 que parecía en 1982 lejano y confuso, pero Prince quería hacer bailar ante la llegada de lo que fuese que iba a pasar ese año. Y le salió una verdadera obra maestra. Además, ojo, destaca que es el primer disco en el que no aparece en la portada, sustituido por un diseño colorista y psicodélico.

Ya su inicio con «1999» es brutal, esos sintetizadores proyectan y Prince da juego a las voces de Coleman y Dickerson, una canción que es un hit tremendo y que sigue las bases Funk pero electrónicas. Y ese comienzo, que cumple su función de anunciar que viene algo muy grande. Una de las canciones canónicas del disco es «Little Red Corvette» donde Prince aparca momentáneamente en parte las bases electrónicas para hacer una canción de Rock más clásica con un Prince desatado tanto a las voces como en la guitarra eléctrica. «Delirious» es una canción adictiva, que tiene su base en el Rock & Roll de los cincuenta, aunque con el sonido que Prince quería darle al conjunto del disco. Los sintetizadores regresan a primera línea con «Let’s Pretend We’re Married», Prince canta en falsete, impresionante de nuevo, con varias fases a lo largo de la canción que se va por encima de los siete minutos y que juega de nuevo a la provocación. No baja el ritmo con «D.M.S.R.», una canción que también se expande más de ocho minutos y en la que destacan los sintetizadores pero en la que también hay un bajo Funk predominante así como una interpretación vocal de Prince impactante. Casi diez minutos cuenta «Automatic» en la que toda la exuberancia musical de Prince queda recogida.

«Something in the Water (Does not Compute)» mezcla el futurismo y el sonido Pop mientras que «Free» es muy sugerente, Prince vuelve a tirar de falsete y no abandona la grandilocuencia y la épica que le caracteriza en algunas canciones. En «Lady Cab Driver» apuesta de nuevo por una canción extensísima, casi nueve minutos, con un bajo al comienzo que vuelve a ser protagonista, con una forma de cantar como sólo Prince podía hacerlo, rapeando incluso, con su toque de provocación explítica, lo que haría las delicias de los/as guardianes de la moral, y con un tramo final en el que Prince demuestra de nuevo que era un guitarrista excepcional. Cuentas pendientes tenía para «All the Critics Love U in New York», canción con un ritmo machacón a través de esos sintetizadores, con una letra muy minimalista. El cierre es para un tema de corte más clásico, «International Lover», en la que Prince mezcla Soul y R&B, con la presencia del piano como protagonista instrumental, y su voz de nuevo caracterizada por el falsete.

La reedición de 1999 que salió a finales de 2019 presenta otro disco que apenas cuenta con novedades, más allá de versiones promocionales de buena parte de las canciones del disco, además de tres caras B de los singles. La primera es «How Can U Don’t Call Me Anymore?», una canción que explora la línea de «International Lover» con el piano y el falsete de Prince y que también es tremenda. Siendo la cara B de «1999», podría haber entrado perfectamente en el disco. «Honey Toad» pertenece al single de «Delirious», más con el sonido del disco, es más festiva y animada y cuenta con la mezcla de sintetizadores y otros más clásicos, siendo notable. Menos lograda, en comparación con el anterior desparrame de talento, es «Irresistible Bitch» que salía como cara B de «Let’s Pretend We’r Married». De título explícito, el sonido está más metalizado y sigue apoyándose en el falsete. No nos hemos hecho con la versión «Super Deluxe» que comprende cinco discos y un DVD en directo en Houston. Dos de esos discos cuentan con temas extras, pero a tanto ya no llegamos.

Uno se puede quedar en bucle en bastantes discos de Prince y 1999 es uno de ellos. Prince era un genio que dos años después daría un nuevo golpe en la mesa con Purple Rain, del que ya hemos hablado en Los Restos del Concierto. La heterodoxia y deriva de Prince a partir de la segunda mitad de los noventa hasta el final de su carrera le restó visibilidad y reconocimiento, de forma muy injusta. No cabe duda que era un visionario y un artista total. Y, mientras tanto, ya se anuncian nuevas reediciones precisamente de discos menos conocidos. Veremos.

Nathaniel Rateliff, «And It’s Still Alright»

Habituados a la expansividad de sus fantásticos discos junto a The Night Sweats (el homónimo ‘Nathaniel Rateliff & The Night Sweats‘ de 2015 y el posterior ‘Tearing At The Seams‘ de 2018) es posible que alguien se sienta sorprendido por el tono de las nuevas canciones de Nathaniel Rateliff, pero las circunstancias mandan y, al parecer, la vida y la carrera del soulman de Missouri se han visto condicionadas por acontecimientos de ineludible expresión. Por un lado su divorcio, algo que el protagonista fue asumiendo con tiempo y resignación, y por otro el repentino fallecimiento de su amigo el músico Richard Swift, productor de sus trabajos más memorables y con quien ya preparaba el que aquí tratamos.

De este modo se enfrentó a un trabajo en solitario, suerte de continuación de los tres que ya había grabado antes de aumentar su popularidad con los dos últimos, en el que, sin obviar su natural impronta soul, se empapó de otros clásicos de su país como Harry Nilsson o The Band para arrimar también el conjunto a la orilla del folk. Así que recurrió a la colaboración de otros dos viejos conocidos para la producción (Patrick Meese y James Barone) y decidió emprender la grabación de este disco con un rumbo novedoso, manteniendo el sabor añejo y el relieve de su voz precisa, pero sin la compañía de The Night Sweats.

Para abrir el disco eligió el ritmo con calma de la acústica What a Drag, primera referencia a su reciente divorcio, y para prolongar el intimismo, aunque introduciendo el ambiente country con el órgano y la pedal steel, la también pausada y primera dedicatoria a su amigo desaparecido And It’s Still Alright. En All Or Nothing se aprecian más matices y, aunque lenta, suena más animosa en su parte final, y Expecting To Loose se inicia con un ritmo tímido soul que va aligerando y endureciéndose según avanza. A continuación suena más profundo y emocionante en la bella Tonight #2, que introduce los primeros arreglos de cuerda a cargo de Tom Hageman (miembro de Devotchka), seguida de Mavis, esperanzadora y preciosa pieza en acústico que rompe en la parte coral, y la fluida You Need Me en la que discurren con levedad guitarras y voz. La voz es la protagonista incuestionable de Time Stands, austera y más emocionante y profunda a medida que evoluciona, para recuperar la intimidad y delicadeza apenas con guitarra y voz en Kissing Our Friends antes de concluir con Rush On, la dedicatoria principal a Richard Swift en la que se lamenta con hondura y agudeza vocal frente a la gravedad de la instrumentación.

Parece claro que este disco (de nuevo para el histórico sello Stax de Memphis) participa en una liga diferente de la que lo había hecho en sus exitosos trabajos anteriores; sin metales ni palmas aunque con mayor presencia y cuidado de las cuerdas, firma un trabajo menos impactante y más indicado para una escucha recogida tanto por la calma de su sonido como por su temática particular y reflexiva no exenta de esperanza.