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El contexto de la historia de Otis Redding


26 Abr

Era a finales de 1992 o comienzos de 1993 y un anuncio de televisión, no recuerdo de qué iba, tenía como sintonía «(Sittin’ on) The Dock of the Bay». No sabía quién era Otis Redding y la canción me conquistó a través de dicho anuncio, con su melodía perfecta, su tono nostálgico y el punto de las gaviotas y el silbido. Una obra maestra del Soul y de la música popular. En el otoño de 1993 me hice con una recopilación titulada The Dock of the Bay. The Definitive Collection (1992) y ahí descubrí que él había compuesto «Respect», la versión brutal de «(I Can’t Get Not) Satisfaction» y canciones como «Try a Little Tenderness», «I Can’t Turn You Loose» y «Hard to Handle» (que ya habíamos conocido por The Black Crowes), entre otras muchas. Además, algunas canciones salían en la película The Commitments y, lo más importante, en The Blues Brothers estaban Steve Cropper y Donald «Duck» Dunn, pilares del sonido Stax junto a Booker T. Jones y Al Jackson, los cuales grabaron con Redding muchos de sus temas y, en el caso de Cropper, coautor de un buen puñado de canciones. Otis Redding es uno de mis cantantes favoritos de Soul desde siempre y, seguramente, al que más cariño le tenga junto a Aretha Franklin. Por eso, cuando Neo Sounds anunció la publicación de Otis Redding. La biografía. Una vida inacabada de Jonathan Gould me la apunté en rojo.

La vida y la carrera de Otis Redding fue muy corta, apenas cinco años en lo más alto y falleciendo en un falta accidente de aviación en 1967 a la edad de veintiséis años. De Macon (Georgia), la cuna de Little Richard también, Gould presenta una obra monumental en la que la vida y obra de Otis Redding quedan contextualizadas en lo que significaba nacer y crecer en el Sur de Estados Unidos en una época donde la segregación racial era un hecho. El gran acierto de Gould reside precisamente en ese punto, en cómo va generando el marco y el contexto en el que Redding nace y crece, sus humildes orígenes vinculados a un pasado de esclavitud, las leyes raciales Jim Crow, las relaciones entre las comunidades blanca y negra y todos los procesos subterráneos existentes que desempeñarían un papel central en los papeles que desempeñarán numerosos protagonistas del libro, comenzando por Phil Walden, su representante y figura clave. Gould nos retrata también todo el proceso de reivindicación de los derechos civiles, sus luces y sus también sombras, el papel de la música en el mismo y la relación entre el Norte y el Sur de Estados Unidos a través de los centenares de miles de afroamericanos que habían emigrado a las ciudades industriales del Norte cuando se desplomó el cultivo del algodón.

Con ese contexto, Gould cubre de sobra, y su narración gana en enteros, la ausencia de fuentes primarias de Otis Redding, el cual concedió muy pocas entrevistas. Reconociendo su categoría y su valía como el más grande de los cantantes de Soul, Gould tampoco deja de lado las contradicciones de su música y su carrera. Desde discos y singles flojos, acomodaticios, direcciones sin rumbo, sobornos a DJs, alguna infracción de la Ley, cierta tacañería y autorías «negadas» hasta la lucha por conseguir un estilo propio, Gould no elude las sombras y llega a un final dramático justo cuando Redding había encontrado un camino diferente con «(Sittin’ On) The Dock of the Bay» bajo la inspiración del Sgt. Pepper’s de The Beatles.

Y queda también un capítulo especial para Stax, el mítico sello y estudio fundado por Jim Stewart y su hermana Estelle Axton en Memphis, representante del Southern Soul, y por el que pasaron Redding, Booker T. & The M.G’s, Sam & Dave, Carla Thomas, Rufus Thomas, Isaac Hayes, etc. Es una de las partes más importantes del libro, también transversal, con presencia destacada de Jerry Wexler de Atlantic, sello al que estaban adscritos hasta 1968 y en el que se desarrolló la carrera de Redding. Las formas de grabación, alejadas del modelo industrial y fordista de Motown, las contradicciones internas, los errores estratégicos de Stewart, o las relaciones raciales (ahí, esas palabras de Cropper de los años 80) marcadas por una socialización potente, serán también protagonistas.

El disco póstumo de Redding, The Dock of the Bay (1968), fue todo un éxito y quién sabe a lo que podría haber llegado Otis Redding. Una voz impresionante, unas interpretaciones sublimes con las que hacía suyas otras canciones, composiciones suyas imperecederas. La historia de Otis Redding merece siempre ser recordada y este libro de Jonathan Gould  es una gran oportunidad para ello.

«Víctima de mi hechizo – Memorias de Nina Simone-«, de Eunice K. Waymon


31 Dic

Era mediados de los ochenta y éramos unos adolescentes que estábamos descubriendo la música desde los canales que entonces existían, especialmente la radio y la televisión, con aquellos programas musicales que iban desde Tocata a Rockopop pasando por A Tope. No recuerdo dónde fue, la verdad, pero hubo un vídeo que tuvo mucho éxito en el año 1987. Realizado con figuras de plastilina, «My Baby Just Cares For Me» de Nina Simone alcanzó bastante visibilidad, una canción que Simone había grabado décadas antes, concretamente en 1958, y que regresaba a la actualidad. Entonces, claro, no teníamos ni idea de quién era Nina Simone ni de su significado para la historia de la música, especialmente en el Soul, el Jazz, etc., porque aunque «My Baby Just Cares For Me» tenía un claro tempo jazzístico, su carrera sería mucho más diversa y amplia. Luego tampoco supimos mucho más de Nina Simone, y tampoco recuerdo mucho de su fallecimiento en 2003, aunque el tratamiento del mismo le situó en un lugar preeminente por su trascendencia e influencia. Acaba de llegar a nuestras librerías, y de la mano de una nueva editorial como es Libros del Kultrum, Víctima de mi hechizo – Memorias de Nina Simone – , firmada por la propia Simone con su nombre, Eunice K. Waymon, y con la colaboración de Stephen Cleary. Publicado originalmente en 1992, cuando la figura de Simone regresaba con fuerza, nos muestra la interesante vida de Simone contada en primera persona, una vida marcada por diferentes etapas y situaciones, contada en primera persona con una prosa directa pero elegante y con clase, como era la música que hacía e interpretaba Simone.

La primera parte de sus memorias, para mí la más destacada, hace referencia a su infancia y adolescencia en el Sur de Estados Unidos, concretamente en Carolina del Norte, en una familia numerosa muy religiosa, las figuras de sus padres son poderorísimas, marcada por el impacto de las consecuencias de la Gran Depresión y, obviamente, por la segregación racial. Pero Eunice Waymon pronto va a encontrar su camino en la música y se preparará a conciencia en la meta de ser la primera concertista de piano negra, en un recorrido durísimo con toda la presión tanto familiar como de su comunidad sobre Eunice. Es una primera etapa fascinante en la que nos muestra a una Eunice que todavía está muy lejos de ser Nina Simone.

La segunda parte se centra en su traslado a Nueva York y a Filadelfia, en cómo su objetivo alcanza otras sendas, comienza a tocar en clubes, y logra el éxito convertida en una intérprete prodigiosa. Es el despertar de Nina Simone y es su involucración activa en la lucha por los Derechos Civiles, que ocupa buena parte de la parte central de sus memorias. Es también el momento de tomar decisiones, no tiene mucha suerte con sus relaciones de pareja tampoco, y las presiones del éxito, la fama y la exposición pública le van a pasar factura. También en todo el proceso aparece la relación con sus padres, la decepción con su padre y el peso de una madre vinculada a la religión, deudora Simone de una ética que será clave para su triunfo, aunque también con sus limitaciones.

Finalmente, en la tercera parte nos encontramos el periplo que Simone realiza tras dejar Estados Unidos, cansada de la situación de los Derechos Civiles, de un matrimonio fracasado, de ciertos problemas legales con el fisco, etc., que le llevará a Barbados, Liberia, Suiza y Francia. Sigue siendo una estrella y un icono, incluido sobre el empoderamiento de la mujer, aunque también Simone sigue buscando la estabilidad y la seguridad. Al final, el reconocimiento, que nunca se había ido, retorna.

Fantásticas y muy recomendables las memorias de Nina Simone, muy bien contextualizadas en las diferentes etapas que vivió esta imprescindible artista, que personifica la clase y la elegancia.

La dificultad para elegir una canción de Aretha Franklin: «30 Greatest Hits»


17 Ago

Finalmente, la llama de Aretha Franklin se apagó el 16 de agosto a los 76 años, tras varios días en el que se venía anunciando el terrible desenlace tras la lucha contra una dura enfermedad. Ya a comienzos del año pasado, la gran Aretha se había retirado de los escenarios y, en los últimos años, los rumores sobre su salud, no habían cesado. Pero Aretha Franklin no había parado de dar conciertos, llevando su leyenda a los escenarios. Cuesta mucho decir adiós a uno de los grandes iconos de la música popular, una de las grandes imágenes de la misma en la segunda mitad del siglo XX, una figura incontestable. Icono del Soul clásico de los sesenta, se elevaba por encima del resto y eso que la competencia era feroz. Aretha, nacida Memphis (Tennessee) en 1942, venía del mundo del Góspel, como tanta gente del Soul que daría el paso a la música profana. Cimentó su carrera en los sesenta y primeros setenta, siendo sus primeros pasos en Columbia, aunque su éxito llegaría a partir de la segunda mitad de los sesenta cuando fichó por Atlantic Records de Ahmet Ertegün y bajo la producción de Jerry Wexler en buena parte de sus trabajos para el sello, aunque también ejercieron esa labor Quincy Jones o Curtis Mayfield, entre otros, así como la propia Aretha. Fueron unos años frenéticos, en los que enlazó hit tras hit a la par que superaba el Soul y se convertía en una artista global. En 1980 deja Atlantic y ficha por Arista, y a partir de entonces su carrera deriva en otra dirección, dedicada a explotar su cancionero y a ir basándose en colaboraciones, parte de ellas cuestionables. Sin embargo, la figura de Aretha Franklin era incuestionable, no tenía nada que demostrar a esas alturas, reconocida como «Reina del Soul» y con sus canciones sonando durante décadas.

A la hora de rendir homenaje a Aretha Franklin, hemos elegido recordar un recopilatorio que a mí, personalmente, me fascina desde hace más de dos décadas, el que recoge lo mejor de su producción en Atlantic Records: 30 Greatest Hits (1985). Obviamente, su obra en Atlantic es mucho más amplia y daría para centenares de páginas, no así la de Arista. De hecho, no fue mi primer recopilatorio de Aretha, en 1994 me regalaron Greatest Hits 1980-1994 (1994), que recogía lo mejor de su producción hasta ese momento en Arista y, no hay color, sin apenas canciones escritas por Franklin, a diferencia de la época de Atlantic. Hay muchos recopilatorios de Aretha Franklin, incluso alguno recoge las dos etapas, pero este 30 Greatest Hits no te da descanso ni respiro a través de un doble CD que incluso te descubre otros temas fascinantes más allá de la larga lista de hits con los que cuenta. Otra de las ventajas de este disco es que va en orden cronológico, cubriendo de 1967 a 1974, lo que muestra que en esos años Aretha Franklin se salió a través de canciones propias, temas que otros le escribieron y que Aretha haría suyos, y con versiones fantásticas a las que les daba su toque particular para llevarlas a su terreno.

Será la segunda mitad de la década de los sesenta cuando entregue sus canciones más inmortales. Allí estará su primer gran éxito, «I Never Loved a Man (The Way I Love You)», que en parte marca el canon de sus temas; su reivindicativa «Respect», que la hace suya por encima de la original de todo un Otis Redding; la emocionante «Do Right Woman, Do Right Man»; «(You Make Me Feel Like) A Natural Woman», otro tema canónico de su cancionero compuesto por Carole King y Gerry Goffin; la fantástica y animada «Chain of Fools»; el mítico «Think» elevado a otra categoría junto a The Blues Brothers»; y «I Say a Little Prayer», el tema de Bart Bacharach y Hal David para Dionne Warwick, apropiándosela un año después Aretha con ese tono melancólico y esa explosión final. Pero hay más, en «Dr. Feelgood» apunta un tono Blues; en «Save Me» los vientos le dan la réplica; la tremenda «Baby, I Love You»; la explosión Soul de «Since You’ve Been Gone»; la elegantísima «Ain»t no Way» y su forma de cantarla; la increíble «The House That Jack Built», un tema también muy de la época, un Soul muy urbano; por su parte, «See Saw» y el medio tiempo de «Share Your Love With Me», no se quedan atrás. Y, para ir cerrando este primer disco del recopilatorio, las versiones de «The Weight» de The Band, a la que le da la vuelta con ese toque Soul y con un punto de Blues, y de «Eleanor Rigby» de The Beatles, acelerándola e insuflándole más energía.

El segundo disco no tiene tantísimas canciones conocidas pero no se queda atrás en calidad, al contrario, hace más de dos décadas supuso para mí un descubrimiento muchas de ellas. Comenzando con la fascinante «Rock Steady», un tema que compuso la propia Franklin y que en 1971 incorporaba sonidos del Funk. Pero hay un grupo de temas que me emocionan muchísimo como son «Call Me», imbatible, compuesta por Franklin; la tremenda delicadeza con su interpretación de «Oh Me Oh My (I’m a Fool for You Baby)» y cómo va ascendiendo la canción con esas cuerdas; la juguetona «Day Dreaming», también de ella y donde hay claras influencias de la Bossa Nova; «Wholly Holly» es un tema de todo un Marvin Gaye que te deja sin respiración y que aparece en directo; y qué decir de «Angel», una joya en una de esas interpretaciones también de locura. Además, aparece su interpretación del «Until You Come Back to Me», un tema original de Stevie Wonder, y también en «I’m in Love» de Bobby Womack, cuya primera versión fue de Wilson Picket. Aquí también aparecen el «Spanish Harlem» de Jerry Leiber y Phil Spector, otro de sus grandes temas, así como la muy espiritual «Spirit in the Dark»; «Don’t Play That Song» el que de nuevo sobresale su voz; la adaptación a los tiempos también se observa en «You Are All I Need to Get By»; y no hay que olvidar la versión de «Bridge over Trouble Water» de Simon & Garfunkel, a la que le otorga una carga más espiritual.

En fin, que te dan ganas de ir corriendo a por los discos de Aretha Franklin en Atlantic Records, cuando se ganó con justicia el reconocimiento de «Lady Soul». Siempre se recordará a Aretha Franklin por su prodigiosa voz, sus canciones e interpretaciones, y sus reivindicaciones por los derechos civiles y de la mujer. Nos despedimos de un icono de la música popular, alguien que deja un espacio que será difícil de ocupar.